Un tesoro en vaso de barro (cf 2Cor 4, 6-12)Tú y yo somos hechos de polvo. El barro que somos no se refiere solo a una parte de nuestro ser, a una discapacidad o al pecado en nosotros. Todo nuestro ser tiene de barro. Es cuestión de fábrica. Es condición humana.
Polvo evoca algo muy ordinario e insignificante. Es anónimo y no tiene figura. No tiene consistencia y se desparrama. El viento lo levanta y lo deja donde quiere. Lo pisan todos los caminantes y ni siquiera protesta. Es gris y aburrido. No tiene ni meta ni objetivo. Es lo que queda del que terminó de morir.
Y sin embargo, el vaso de barro que somos es y contiene el tesoro más grande. Por la “bajada” de Jesús a nuestra tierra el polvo que somos ha sido exaltado y comparte el nombre sobre todo nombre (cf Fil 2, 5-11). Nuestra nada está habitada por el Todo. Este vacío recibió plenitud.
El vivir, inclusive con valentía, inteligencia y santidad, nos hará experimentar muchas veces que somos barro, polvo y ceniza; la cuaresma nos viene a recordar que la vida cristiana siempre requiere su purgatorio, ese tiempo para devenir lo que somos, para acoger el regalo de la salvación, para creer en el Amor. “Soy, Señor, la promesa que solo tú puedes cumplir.” (Paul Claudel)
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