lunes, 8 de octubre de 2012

Fijos los ojos en Jesús


Iniciamos el año de la fe en el mes morado


“Fijos los ojos en Jesús,
el que inicia y completa la fe” (Hb 12,1)

Iniciar el año de la fe un 11 de octubre en el Perú, significa “teñir” este año de morado.  La devoción al Señor de los Milagros puede intensificar e iluminar el año de la fe.

El Cristo de Pachacamilla convoca a todos, toda la nación.  “¡Conviértanse y crean en la Buena Nueva!”, grita a todos.  En medio de una nube de incienso las andas del Señor enarbolan la cruz de Cristo; una luz victoriosa y las flores más bellas del jardín nos llaman a dejar atrás lo que lleva la muerte y a optar por lo que alumbra vida.


1.   “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt 11,28)

Un pueblo pobre y creyente da origen a la devoción del Señor de los Milagros.  Desde entonces, todos los años, en el mes de octubre, en muchos lugares del Perú y del mundo, muchedumbres incontables “de todas las sangres” siguen al Señor.  Con gestos y palabras le señalan sus heridas, sus enfermedades, sus pecados y sus esperanzas.  Es bueno meterse en medio de ese gentío y sentirse apretado, cercado y empujado por un destino multitudinario.  No hay manera de ser cristianos y ciudadanos sino “entropándonos” (J.M.Arguedas) con los pobres del país.  “Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres, reclama a Jesucristo” (DA 393).

Inserto así en la realidad de un pueblo numeroso no tengo porqué renunciar a mi historia muy personal.  Siempre seré caminante por caminos muy míos. Soy peregrino atraído por estrellas que solo brilla para mí.  Sufro de heridas que escondo y gozo de alegrías que no logro compartir. Escuchando la oración de los muchos que me rodean, murmuro también la mía.


2.   “¡Conviértanse!” (Mc 1, 15)

La devoción al Señor de los Milagros ha hecho de octubre el mes morado.  Morado es el color de la penitencia, de la conversión.  En su convocación para el año de la fe el papa Benedicto XV insiste mucho en la conversión.  Sin conversión personal y eclesial ningún propósito del año de la fe podrá cumplirse.  ¡Ojalá  no se apague en América Latina y El Caribe la voz de Aparecida que nos urge dar fruto de conversión!.

De muchas maneras y en muchos lugares el documento de Aparecida nos apremia a convertir nuestra relación con Cristo en “un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (DA 11).  No puede haber encuentro dichoso con Jesús sino por la oración fervorosa, la meditación asidua de su Palabra y el reconocimiento gozoso del Señor en los sacramentos.

En el año de la fe alumbremos este “nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión y la acomodación al ambiente” (DA 362).  “Redescubramos la alegría y la belleza de ser cristianos”  (DA 14).

En el año de la fe “estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu está diciendo a las iglesias a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (DA 366).

En el año de la fe miremos nuestra realidad con los ojos del buen samaritano (Cf Lc 10, 29-37) y ayudémonos mutuamente a profesar “la fe que actúa por el amor (Gal 5,6) y se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y acción que cambia toda nuestra vida”  (Benedicto XVI).


3.      “Levantado en alto, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Jesús en la cruz, la pascua del Señor, su muerte y resurrección son centrales en el lienzo del Señor de los Milagros.  La Carta a los Hebreos nos exhorta a mantener “nuestros ojos fijos en Jesús, el que inicia y completa la fe” (Hb 12, 1).  Jesús inicia el camino de la fe en comunión plena con el Padre y el Espíritu Santo; de condición divina se despoja de su rango; obedece a la condición humana hasta la muerte en la cruz; por eso Dios lo exalta y le da el nombre que está sobre todo nombre (Cf Fil 2, 5-11).

Jesús, por su muerte y resurrección, es acontecimiento vivo y permanente de salvación.  Cristo, por su pascua, completa nuestra fe.  “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beberá el que cree en mí” (Jn 7, 37).  Para los que creen, Jesús en la cruz es manantial vivo del Espíritu Santo; de su corazón abierto mana el agua que “nos convierte en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Cf Jn 4, 1-14).  Aquí hay que renacer (Cf Jn 3, 1-8). ¡Déjate atraer por el levantado en alto!

Expresa tu fe como puedes; como la mujer con hemorragias que intenta tocar la orla del manto de Jesús; como Zaqueo que se sube al árbol para ver a Jesús; como el paralítico que reconoce: “No tengo a nadie”; como el ciego que suplica: “Haz que yo vea”;  como el publicano al fondo del templo que dice: “Ten compasión de mi que soy un pecador”; como el centurión pagano que nos hace orar: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”; como el leproso que ruega con  delicadeza: “Si quieres, puedes limpiarme”;  como el padre de familia desesperado que grita: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe…”


La devoción al Señor de los Milagros, al iniciarse el año de la fe, puede ser la gran oportunidad para “crecer en la fe creyendo”.


sábado, 8 de septiembre de 2012

cara a cara como habla un hombre con su amigo” (Ex 33, 11)


“Yahvé hablaba con Moisés cara a cara
como habla un hombre con su amigo” (Ex 33, 11)

Antes de iniciar solemnemente el año de la fe, queremos fijarnos en algunos modelos de fe.  Entre los testigos preclaros de la fe en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos figura, de una manera destacada, Moisés. “No había vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien Yahvé trataba cara a cara” (Dt 34, 10).

Solo tenemos espacio para evocar algunos rasgos de este hombre de fe capaz de iluminar a discípulos y misioneros de Jesucristo hoy.

1.   Siempre fiel a sus orígenes

Al nacer, era un israelita condenado a muerte.  Tuvo suerte y fue “salvado de las aguas” por la hija del Faraón.  Gozaba de seguridad, recibía buena educación y tenía un futuro promisor.  Sin embargo, no se olvidaba de sus paisanos explotados y humillados.  Quería vincular su  existencia personal con la de su pueblo (cf. Ex 2, 11-16).

Esta solidaridad decidida y entrañable de Moisés con su pueblo marca su vida de fe, su relación con Dios y lo convierte en poderoso intercesor a favor del pueblo en situaciones de sufrimiento o infidelidad.  Esta fidelidad de Moisés al tronco que lo engendró es una respuesta al amor preferencial de Dios por su pueblo.  Si Israel existe, es porque Yahvé lo ha elegido, lo ha llamado, lo ha liberado, se ha hecho su aliado, lo ha formado como se forma una criatura en el seno de su madre (Is 44, 2. 24).

Durante el año de la fe hagamos revisión de nuestro amor por el pueblo de Dios agitado por tantos conflictos.  Aprendamos de la pasión de Moisés por su pueblo.

2.   Atento y obediente a la manifestación de Dios

Le es difícil a Moisés, contentarse con la vida sosiega y pastoril en Madián.  Anda por el desierto esperando que se precise la voluntad de Dios sobre su vida (cf Ex 3, 1-12).

Una zarza que arde sin consumirse saca a Moisés de lo acostumbrado.  Fascinado se acerca.  Una voz lo llama por su nombre.  Moisés obedece a la vocación y responde: “Aquí estoy”.  Tiene que quitarse las sandalias, porque pisa suelo sagrado.  Le envuelve el misterio del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, los fundadores de su pueblo.  Ese Dios que tú no puedes ver con tus ojos ni escuchar con tus oídos, ve la aflicción de su pueblo y escucha sus gemidos.  Baja para liberarlo de la esclavitud y para subirlo a una tierra que mana leche y miel.  Moisés se resiste a ser el conductor de esta epopeya de liberación.  “Yo estaré contigo”  es la respuesta de Dios a los miedos y a las dudas de quienes son llamados ayer y hoy.

Un día (cf Ex 33, 18-23), después de una conversación bien amistosa con el Señor, Moisés se atreve a rogarle: “Déjame ver tu gloria”.  Yahvé, el que es y da el ser, el que vive y hace vivir, le concede a Moisés verlo de espaldas por un hueco en la roca. 

Ver a Dios de una manera refractada en una nube, en medio de humo y fuego en el Sinai, de espalda, era suficiente para que el rostro de Moisés refleje la comunión con su Dios (Ex 34, 29-35), para que venza su propia falta de fe, para que mantenga y reanime la fe de su pueblo.

Pues, en este año de la fe, por el “hueco en la roca” veamos señales de la presencia de Dios y de su reino.  Las hay.  Dejemos de ser creyentes sin fe y videntes intolerantes.  Cantemos: “Si tuvieras fe como un grano de mostaza…”


3.   Un intercesor con fe

De una manera impactante Ex 17, 8-16 describe la oración de Moisés que asegura la victoria de Israel sobre el enemigo.  Requería la ayuda de otros para mantener alzados sus brazos.  – Durante el año de la fe ayudémonos mutuamente a mantener levantados brazos y manos para orar; conflictos alarmantes en el seno de nuestro pueblo y comportamientos poco evangélicos en la vida de nuestra Iglesia nos desafían.

Más de una vez Moisés intercede y obtiene de Dios el perdón de los pecados de su pueblo (cf Ex 32, 11-14; Num 14, 13-20; 21, 4-9).  Al decir: “Perdona su pecado o bórrame de tu libro” (Ex 32, 32), Moisés evoca rasgos del servidor sufriente, que carga con el pecado del pueblo, y anuncia la venida del “nuevo Moisés”, Cristo, el mediador de la alianza nueva y definitiva.  Moisés acompañará a Jesús en el monte de la transfiguración.

La oración de intercesión brota de un gran amor a Dios y a su pueblo y a su Iglesia.

Antes de morir, Moisés pudo ver en el monte Nebo la tierra prometida y conocer la alegría del pueblo que toma posesión de la misma.  Antes, Moisés le había dicho: “Pongo hoy por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a Yahvé tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en ello está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahvé juró dar a tus padres Abraham, Isaac  Jacob” (Dt 30, 19-20)

martes, 14 de agosto de 2012

Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre”

 
El movimiento de fe en Dios implica en primer lugar un dejar lo familiar, lo conocido y acostumbrado.  Implica romper con seguridades, intereses, juicios y prejuicios del lugar.  No hay vida de fe, de obediencia a Dios y a nosotros mismos sin rupturas y crisis.  Finalmente la fe implica salirse de uno mismo, confiarse a otro y creer en su palabra.

Vivir el año de la fe podría llevarnos a pasar por crisis saludables y decidir rupturas necesarias.

    “Anda a la tierra que yo te mostraré”

En el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos encontramos a Abraham caminando en medio del “gentío inmenso” de los testigos de la fe.  Los obedientes a Dios caminan por este mundo “confesándose peregrinos y forasteros”.  La fe de estos imantados por la “patria” verdadera es fuerza para emprender el éxodo de la tierra de esclavitud y de muerte, para vencer adversidades y persecuciones, manteniéndose “firmes como si vieran al invisible”.

Refiriéndose al cometido del Año de la Fe el papa nos dice:  “Durante ese tiempo tendremos la mirada fija en Jesucristo, “que inició y completa nuestra fe” (Hb 12, 2):  en el encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano.  La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y del dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección.  En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación”. (Motu proprio).



lunes, 9 de julio de 2012

CONFIAR: tierra buena para que germine la fe

En su carta convocatoria del Año de la Fe el Papa Benedicto XVI menciona un “preámbulo” de la fe, una predisposición de “ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos sino hubiera ya venido”. 

En la confianza que tenemos en nosotros mismos, en los demás y en lo que existe, podemos apreciar este “preámbulo” relevante para la vida de fe.  El que no confía, no vive.  El que no hace ni ofrece confianza, ¿podrá acoger el don de la fe?

1.    Encontré confianza e hice confianza

Hay que reconocer que mi nacimiento se debe a una confluencia de elementos, circunstancias y actitudes que confiaban en la vida. Me debo a esta confianza. Si empecé a respirar libremente, no era solo por instinto sino también porque me gustaba vivir y hacer confianza a lo que me sucedía.

Muchas veces, a lo largo de esta vida ya larga, tenía razones para desconfiar y era indicado hacerlo.  La confianza en la vida tenía que acrisolarse en mucho sufrimiento ajeno y propio.  Tenía que encontrar, elaborar y defender sus propias razones.

Ahora estoy viejo, pero mi nacimiento no ha terminado.  Sigo confiando en la vida.  Me alegro de sus manifestaciones.  Me angustio, cuando la maltratan.  Me duele ver en el Perú demasiada gente que nunca llega a gozar de la vida y vivirla con confianza por falta de pan, de afecto y de educación.  No puedo asumir mi condición de ciudadano y cristiano sin participar en iniciativas y esfuerzos para que todo los que nacen en esta tierra, lleguen a confiar en la vida.  Si hubiera que escoger entre el agua y el oro, escogería el agua.

En el fondo no quiero conocer el lugar donde se tocan confianza en la vida y fe en Dios.  Creo que siempre van de la mano.

2.    ¡Bienaventurados los que confían en la vida!

    Si no estuviese habitado por la confianza en la vida, el grano de trigo en la oscuridad de la tierra no rompería su cáscara; su brote no levantaría pesados obstáculos y no se erguiría ese tallo luminoso coronado de espiga rica de pan y compañía.

    Si no estuviese habitado y solicitado por una misteriosa confianza en la vida, el pájaro no despertaría la aurora y no tendría fuerza para disolver la espesa neblina y convocar con afán a otros vivientes. 

    Si no estuviese habitado y guiado por la confianza en la vida más fuerte que sus contratiempos, el campesino no barbecharía la chacra para sembrar y saborear la esperanza de ver a los suyos sanos y alegres alrededor de la mesa.

    Si no estuviese habitado y desafiado por la confianza en la vida, el pescador no dejaría tierra firme y hogar abrigador para aventurarse en alta mar y conocer en medio de la tempestad la bonanza que permite pesca abundante.

    Si no estuviese habitada y acicateada por una tenaz confianza en la vida, esta mujer engañada y abandonada no tendría las fuerzas y la creatividad para ser madre y padre del hogar y para asegurar pan, educación y futuro a los suyos.

    En fin, sin confianza en la vida el científico no aguantaría en su laboratorio, el empresario no concebiría proyectos, el luchador social no aguantaría los sin sabores inherentes a la causa justa, la maestra no se emocionaría frente al niño que crece en estatura y sabiduría, el joven universitario no se exigiría para ser el profesional que el país requiere, el cura se ahogaría en sus ritos…

A todos ellos les guía una estrella misteriosa, les atrae un imán más fuerte que ellos mismos, les trasciende el autor de la vida en la cual tanto confían. 

3.    El Dios de la Biblia hace confianza

a.    Creando vida según su imagen y semejanza, el creador comunica su propia vitalidad, inscribe en las criaturas la nostalgia, la búsqueda de la fuente.

b.    Llamando a Abraham, Moisés, Jeremías, María y a cada ser humano por su nombre, el Dios de la vida les confiere dignidad e importancia única y prolonga su propio ser en vocaciones personales.

c.    Haciéndose aliado de Israel en la hazaña de la liberación de la esclavitud, el Dios de la vida está en el horizonte de todo pueblo que no renuncia al canto de la libertad.

d.    Manteniéndose fiel a la alianza celebrada a pesar de nuestras infidelidades, el Dios de la vida inscribe su ley en nuestros corazones y nos precede siempre en las tareas de reforma, de reconciliación y de humanización.

e.    “Tanto amo Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Terminemos con una antigua oración que clama por fe y confianza:

“Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti como en su fuente y tienda siempre a ti como a su fin”.

jueves, 7 de junio de 2012

LA FIESTA DE LA EUCARISTÍA

  1.  Este día, la fiesta del Corpus Christi, el distrito ecológico lo será de verdad.  La Plaza Mayor de Nuevo Chimbote brindará el máximo de su hospitalidad.  Una brisa refrescante desde el mar acogerá a los que vienen de lejos.  No faltarán palomas y gaviotas para aletear sobre esta muchedumbre “de todas las sangres” y presagiar un gran regalo para todos.  También habrá arreglos florales atractivos en las graderías del atrio de la catedral donde destaca la mesa para celebrar la Cena del Señor.

Es importante que se convoque este día toda la creación, porque en la Eucaristía hasta las fuerzas cósmicas son asumidas para encontrar en el Amor de Dios su realización plena.  “La belleza no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo en su revelación.  Conscientes de esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza”  (Cf. Sacramentum Caritatis 35).

 2. Sintámonos a gusto y en casa propia en medio de esta asamblea variopinta.  Aquí cabemos todos, con nuestras originalidades  y diferencias, con nuestras riquezas y pobrezas.  Toda Eucaristía tiene y despliega una dinámica inclusiva.  El saludo del Obispo desea la misma ventura a todos: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”.  Nos ha invitado el Buen Pastor.  El que llama a cada una de sus ovejas por su nombre.  El que anda en busca de la oveja perdida.  El que espera con ternura el regreso del hijo pródigo.

Cada Eucaristía es promotora de unidad en la Iglesia y en el mundo.  Reconozcamos al inicio de la misa nuestras faltas de caridad y acojamos el perdón de Dios para perdonarnos mutuamente.
 3. Permitamos, lectores y oyentes, que el Señor nos hable al corazón.  Conocer al Señor por la liturgia de la Palabra nos prepara para reconocerlo con gratitud y alegría en la Eucaristía.  La asamblea que escucha la verdad, se ofrece para obrar la verdad.  “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”  (Lc 11, 28).

Todo en la celebración eucarística gravita hacia el memorial de la pascua de Jesús, de su muerte y de su resurrección.  Hoy y ahora podemos acoger el don de la salvación.  En cada Eucaristía nos inunda el mismo amor que se derramó en la cruz.  “Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mi”  (Jn 12, 35).
Con reverencia y disponibilidad recordemos: “Gratuitamente han recibido, den también gratuitamente” (Mt 10, 8).

 4. Ahora, en procesión, caminamos con el Señor por los caminos de nuestro mundo.  Siempre seremos peregrinos, caminantes, navegantes.  Parece que nunca llegamos a buen puerto.  Hoy, orando y cantando, profesemos: Quien camina y navega con el Señor, ya está anclado en lo definitivo.

Nos conviene que el Señor se fije en las fachadas que bordean nuestros caminos y que nosotros no escondamos lo que pasa detrás de nuestras fachadas.  Queremos ser la Iglesia renacida en Vaticano II: “El gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón”. (GS 1).
 5. “Hagan esto en memoria mía”.  Que sigan resonando estas palabras del corazón de la Eucaristía en nuestras conciencias.  Sí, somos llamados a dar verificación de la Eucaristía en nuestra manera de actuar.  Acciones, obras, iniciativas, intervenciones nos son pedidas para demostrar la autenticidad de la celebración de la Cena del Señor.  “El que pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38),  nos urge ser fieles a su Palabra (Cf Jn 2, 5) y su ejemplo (Cf Jn 13, 15).  “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido.  Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”. (Plegaria eucarística Vb).

sábado, 21 de abril de 2012

“¡VAYAN A GALILEA! ALLÍ ME VERÁN.”

Con estas palabras (cf. Mc 16,7 y Mt 28,7; 10; 16) Jesús resucitado da cita a sus discípulos.  ¿Por qué hay que buscar el encuentro con el Señor en Galilea? ¿Acaso no puede aparecer y manifestarse en cualquier lugar? ¿Por qué esta elección de Galilea? ¿Es una orden de Cristo también para los discípulos de hoy?

1.    Ir a Galilea: hacer memoria del terruño y estilo de vida de Jesús.

Para siempre Jesús resucitado será “la Palabra que se hizo carne y puso su morada en medio de nosotros” (Jn 1, 14).  La campiña de Nazareth, los caminos de Galilea, la orilla del lago, Cafarnaún, Caná, Magdala y Naím han entrado en el corazón de Jesús.  Las alegrías, el trabajo de la chacra y de la pesca, los sufrimientos y las esperanzas de los galileos son parte del tejido de la personalidad de Jesús.  Galilea vive y vibra en las oraciones de Jesús.

En la sinagoga de Nazareth en Galilea es “ungido por el Espíritu para anunciar buenas nuevas a los pobres, para sacar del calabozo a los presos, para devolver la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar tiempos de gracia del Señor” (cf. Lc 4, 16-19).  Sobre todo en Galilea Jesús pondrá en práctica lo proclamado en la sinagoga de Nazareth.  Jesús, para siempre, quiere ser “el que pasó haciendo el bien” (cf. Hch 10,38).

De Galilea Jesús emprende resueltamente el camino a Jerusalén.  En Samaria y Judea que era fiel a su práctica Galilea: anuncia el reino, sana a los enfermos, levanta los caídos y no hace concesiones  con sus adversarios.  Como un reconocimiento a su identidad irrenunciable el letrero en la cruz dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.

No hay manera de ser discípulos y misioneros de Jesús sin ir a Galilea. Allí se le ve.  Allí puede tener lugar el encuentro con él.

2.    Galilea en nuestro mapa.

El profeta Isaías había anunciado “para la Galilea de los gentiles, es pueblo que habita en tinieblas y sombras de muerte, el resplandor de una gran luz” (cf. Mt 4, 12-17).  Jesús, luz del mundo y de todos los pueblos, no puede serlo sino insertándose en el pueblo que le designan su Padre y su madre.  No puede pretender iluminar tinieblas y sombras de muerte sino optando por los más heridos por la oscuridad y las estructuras de violencia y de hambre.  Su mensaje y don de salvación no puede alcanzar universalidad sino por la obediencia a la condición existencial del más pobre (cf. Fil 2, 5-11).

Ir a Galilea para ver al Señor significa, seguir sus pasos.  Significa para nosotros, ir a Chimbote, encrucijada de pueblos y culturas, para José María Arguedas y muchos de nosotros “la ciudad que menos entiendo y más me entusiasma”.  Como Jesús en Nazareth, en esta ciudad y en el campo, somos llamados a ser buenos vecinos, a sentir compasión al ver a los muchos asaltados y mal heridos en el camino, a conservar celosamente el aceite y el vino para consolar, aliviar dolores y organizar solidaridad.  Yendo a la Galilea chimbotana nos pueden crecer antenas para entender, en algo, lo que pasa en Cajamarca, en la Oroya y en el Vrae.
En las galileas del mundo entero pulsa un gran anhelo de fraternidad y queda vivo el sueño de la aldea global.

3.    No hay Iglesia sino la de camino a Galilea.

Conforme a Mt 28, 16-20 los discípulos marchan a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Como y con Jesús sus discípulos estarán en el monte de las tentaciones y su fidelidad es puesta a prueba.  En el monte de las bienaventuranzas la Iglesia recibe el código de la Nueva Alianza.  En el monte de la transfiguración de Cristo también sus discípulos pueden encontrar luz y aliento para cumplir con su misión.  Evidentemente la Iglesia se constituye, se recibe y se renueva constantemente en el ahora omnipresente monte de la resurrección.  Su Señor no es alguien que se aleja en su ascensión; mas bien se acerca y envuelve a sus discípulos con su Espíritu.

Reivindicando autoridad suprema el resucitado encarga a sus seguidores el duro trabajo de “hacer discípulos” de toda las gentes, de introducirles en la comunión trinitaria por el bautismo y los demás sacramentos y de enseñarles a practicar lo mandado por Jesús y compartido por ellos en Galilea.

La Iglesia recibirá siempre su ser y su misión a la vez de la comunión con Cristo resucitado y de la comunión vivencial con Jesús, el nazareno y galileo.  En este afán el mismo Señor le ha prometido su presencia y acompañamiento hasta el fin del mundo.

Discípulos y misioneros, ¿de qué caminos son infatigables caminantes?, ¿de qué Dios son asiduos buscadores?, ¿nos ponemos en camino a Galilea?

domingo, 1 de abril de 2012

MARÍA DE MAGDALA: DISCÍPULA Y MISIONERA

Es un gozo personal, rehacer con ustedes, en este tiempo pascual, la meditación del encuentro de María Magdalena con el Resucitado: Jn 20, 11-18. El relato recibe su inspiración y hasta ciertas formulaciones del poema bíblico sobre el amor: El Cantar de los Cantares.

1. Estaba María junto al sepulcro fuera llorando.

Jesús había ayudado a María a salir de una situación de oscuridad, de enredo y desesperación. Jesús se había fijado en ella y, lejos de despreciarla, le había dado aliento y fuerza para regresar a su ser. Ella no era nadie y Jesús la llamó a ser integrante del grupo de hombres y mujeres que seguían a Jesús (cf. Lc 8, 1-3). En la comunidad de Jesús María había encontrado el tesoro, la perla fina del reino.

Ahora, cerca del sepulcro de Jesús, está llorando. María busca a Jesús entre los muertos. Ya no recuerda que Jesús había anunciado su resurrección y que la tristeza por su ausencia se va a convertir en alegría. Evidentemente el llanto de María tiene una connotación muy personal, pero en sus lágrimas podemos encontrar la desesperación de mucha gente en el mundo que se ve confrontada con la pérdida de sentido y recursos para vivir. Tu llanto, mi llanto están en el llanto de María. Miremos de cerca los relatos de la resurrección de Jesús: el desconcierto por la ausencia del Señor es parte de la fe en su presencia.

Admirable ver como la tristeza de María no tiene nada de parálisis. Inquieta se mueve, mira en todas las direcciones, ve señales, escucha voces, hace preguntas. Todavía no reconoce al Señor, pero intuye y siente que él la envuelve. “No lo buscaría, sino lo hubiera encontrado ya.”

seguir leyendo...