martes, 8 de septiembre de 2015

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados

BIENAVENTURADOS
MIGUEL, Zbigniew Y SANDRO


Las palabras siguientes del Documento de Aparecida nos dan el tenor para meditar las bienaventuranzas evangélicas: “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (DA 139).  Estas mismas palabras nos devuelven la luz que iluminaba el caminar de nuestros mártires.

Entonces, “los ojos fijos en Jesús” (Hb 12,2), acompañando a nuestros misioneros mártires en su trabajo pastoral y proyectando nuestra conversión al reino, meditemos la cuarta bienaventuranza en Mt 5,6.



IV. Bienaventurados los que tienen hambre y sed
     de la justicia, porque ellos serán saciados

Los pueblos de la tierra han codificado su concepto de justicia en leyes y reconozcamos que la obediencia a estas leyes significaría un avance en humanización. Sin embargo, más de la mitad de la humanidad vive en extrema pobreza, guerras y violencias azotan a muchas regiones y en los lugares del globo donde se goza de bienestar, progreso y condiciones de vida favorables se extiende una preocupante y dolorosa pérdida en valores humanos.

Existe y se extiende el hambre y la sed por una justicia que los seres humanos no logramos alcanzar, que no logramos darnos, una justicia que habrá que recibir del que nos fundó en nuestro ser, nuestro Dios a quien podemos ver, escuchar y tocar en Cristo Jesús.



1.  Jesús con hambre y sed de la justicia

v  Jesús, desde niño, “vive en la casa de su Padre” (Lc 2,49), “crece en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y ante la gente” (Lc 2, 52).  Especialmente el evangelio de Lucas insiste en los hábitos de frecuentes y largos tiempos de oración de Jesús.  Jesús orando escruta el corazón del Padre hace suya su voluntad y la confronta con las vivencias de la gente.  La voluntad del que lo ha enviado es su misión (Jn 5,30), es su alimento (Jn 4,34) y su último deseo: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).  -  Y Jesús, en su oración que quiso que sea la nuestra, reza: “Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra”.  No hay bendición mayor que la realización de la voluntad del Padre.

v  Jesús invita a sus discípulos a “practicar una justicia superior a la de los escribas y fariseos para entrar en el reino de los cielos” (Mt 5 y 6): 

La ley dice: “No matarás”.  Jesús dice: “Ni siquiera enójate contra tu hermano ni lo insultes. Reconcíliate con él”.

La ley dice: “No jures en falso”.  Jesús dice: “Nunca jures.  Tu lenguaje sea sí o no”.

La ley dice: “Ojo por ojo, diente por diente”: Jesús aconseja no resistir al malvado y devolver bien por mal.

La ley dice: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.  Jesús dice: “Amen a sus enemigos”.

Jesús sintetiza su pregón sobre la justicia que rige en el reino de los cielos diciendo: “Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5,48).


v  En las parábolas del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32) y de los obreros de la viña (Mt 20, 1-16) Jesús hace saborear de una manera provocativa la justicia que brota del corazón de su Padre.  ¡Ay de nosotros si la bondad de nuestro Dios nos escandaliza!

v  A los sedientos de vino en Caná (Jn 2, 1-12), a la Samaritana con sed en el pozo de Jacob (Jn 4, 1-42), a los hambrientos de pan en Cafarnaún (Jn 6) Jesús anuncia la llegada de su hora, cuando de su corazón abierto en la cruz ofrece a la humanidad el agua viva y el pan de vida para que nunca tengan hambre ni sed y vivan y actúen en comunión con él y el Padre.  En la Eucaristía ya está realizada la plenitud y es el centro del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable” (Laudato Si).


2.  Misioneros en Santa y Pariacoto para satisfacer hambre y sed de la justicia

v  Nuestros misioneros mártires, por su presencia y su actuar pastoral, querían anunciar y hacer experimentar que Dios es bueno.  “Jesús hoy sigue invitando a encontrar en Él el amor del Padre.  Por eso mismo el discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores” (DA 147).

v  Querían celebrar con el pueblo el don de la salvación en los sacramentos y hacer amar a ese Dios que hace germinar la semilla, que está en la alegría de la cosecha, que bendice la familia  unida, que alivia pena y dolor, que convoca en comunidad, que perdona el pecado, que viene para que tengan vida en abundancia. 

v  Querían ser amigos de la gente, conseguir ayuda para que coman mejor, para que modernicen el trabajo en la chacra y que las escuelas ofrezcan buena educación.  Querían ayudar a que su pueblo, hombres y mujeres, conozcan y defiendan sus derechos y se hagan agentes de su propio desarrollo.

v  Quizás nunca tenían la oportunidad de expresar lo que anhelaba su corazón y lo que le pedía la justicia de Dios.  La muerte de estos misioneros, con voz poderosa, ha firmado y autentificado los quehaceres de su vida.  “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna” (Jn 12,25).


3.  Preparando la celebración de beatificación de nuestros mártires


v  Habrá que velar para que  nuestra oración, más asidua y más fecunda, sea la oportunidad para exponernos a la voluntad de nuestro Dios y conocer su justicia en nuestra vida y en el acontecer del mundo.

v  Aceptemos y amemos la condición de nuestra libertad: solo puede alumbrar algo bueno si obedece a la voluntad del que es nuestro bienPensemos y actuemos en comunión con Cristo: “En Él se manifiesta el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano” (DA 107).

v  Nuestros mártires echaron su suerte entre los humildes de este mundo.  La esperanza de un mundo mejor y más humano brota de las filas de los pobres e insatisfechos, de las y de los que entienden los misterios del reino (Cf Mt 11, 25-30).


v  Si ahora alguien viene y me dice que esta meditación nada tiene que ver con la falta de justicia en el país, nada tiene que ver con la extensión de la corrupción, nada tiene que ver con la geolocalización de los criminales, nada tiene que ver con la contaminación de la Bahía El Ferrol y la inminente campaña electoral, entonces ese alguien no me ha entendido o no me he hecho entender.

martes, 21 de julio de 2015

Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados.

1.  Jesús entre los afligidos

Ø  Jesús vive en Nazareth de Galilea: un lugar privilegiado para fijarse en el llanto y la aflicción de muchos pobres en el país. El desamparo de ellos va llenando el corazón de Jesús y entra en su oración al Padre.

Ø  Al inaugurar su misión en la Sinagoga de Nazareth, Jesús lo hace con las palabras de Isaías (61,1-9) que señalan a los afligidos del país y les anuncian el consuelo de su Dios.

Ø  Encontramos la sensibilidad de Jesús frente a los afligidos, cuando pregunta al leproso o al ciego:”¿Qué quieres que haga por ti?”  Jesús se deja conmover por las lágrimas de la pecadora en casa del fariseo Simón (Lc 7,36-50). Se acerca a la madre desesperada por la muerte de su único hijo y le dice: “¡No llores!” (Lc 7,11-17).  Jesús mismo llora al compartir el dolor por la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11, 1-44).  El Evangelio de Lucas no deja de mencionar que Jesús, al mirar la ciudad de Jerusalén, llora porque no quiere acoger lo que significa para ella la paz del Reino (Cf. Lc 19,41-44).

Ø  No dejemos de recordar que Jesús mismo quiere ser encontrado, reconocido y atendido en los afligidos de este mundo: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt 25,40).


2.  Nuestros mártires en medio de los afligidos

Ø  Cuando Sandro en Santa y Miguel y Zbigniew en Pariacoto inician su misión, la Iglesia latinoamericana ya había celebrado sus encuentros de Medellín y Puebla, herramientas indispensables de un misionero.
       Encontramos en Puebla una evocación muy existencial de los afligidos en el subcontinente y se plasma de una manera lapidaria su significación teológica: un obispo peruano, Mons. Germán Schmitz, tuvo una intervención decisiva para que en Puebla y en las siguientes Conferencias  Generales, incluida la de Aparecida, se reconozca  en el rostro de los afligidos los rasgos, sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela (P. 27-50).

Ø  “La globalización hace emerger en nuestros pueblos nuevos rostros de pobres.  Con especial atención y continuidad con la Conferencias Generales anteriores, fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxicodependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas,  víctimas de la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afroamericanos, campesinos sin tierra y los mineros.  La Iglesia, con su Pastoral Social, debe dar acogida y acompañada a estas personas excluidas en los ámbitos que correspondan”. (DA 402)

Ø  Abundan testimonios que confirman que nuestros mártires se detenían frente a estos rostros sufrientes de Cristo.  Hacían regresar la alegría a ojos apagados. Comunicaban dignidad a vidas de mujeres  y hombres marginados.  Les hacían decir su palabra.  Les apoyaban en iniciativas sociales y educativas para que el futuro sea menos triste y menos pesado.  Acompañándoles les hacían experimentar el consuelo de Dios.

3.  Pastoral con consuelo


Ø  La pastoral no es para consolar, pero pastoral que no consuela, no es pastoral especialmente cuando se multiplican alrededor de nosotros los rostros de Cristo sufriente.

Ø  El Pastor y la pastora que consuelan, entran en la vida de la gente por la puerta. Son esperados y acogidos por los afligidos, porque vienen para consolar.  Se toman tiempo para escuchar largos relatos de desgracia, soportan sollozos y llanto, entienden enojo y resentimiento. 
¡Qué alegría, cuando la oveja se experimenta llamada por su nombre!  Esa  mujer maltratada y marginada renace, puede contar su historia, ser alguien.  Los ojos del niño triste vuelven a brillar.  El joven frustrado y desorientado nuevamente vuelve a soñar.  El anciano agradece la compañía.  El pecador se anima a cambiar.
El buen pastor, la buena pastora vienen para sacar del corral, para liberar, para abrir nuevos surcos y seguir a quien es camino, verdad y vida en abundancia.
El buen pastor, la buena pastora dan la vida por sus ovejas. Antes de ser matados, Sandro, Miguel y Zbigniew ya eran vidas entregadas, vidas que consuelan.

Ø       Me da vergüenza, tener que confesar que recién hoy me doy cuenta que en 2 Cor 1,3-7 San Pablo habla 10 veces de consuelo y consolar, del don y la tarea para una Iglesia samaritana en camino: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación.  Si somos atribulados, lo somos para el consuelo de ustedes, que les hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos.  Es firme nuestra esperanza respecto de ustedes; pues sabemos que, como son solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo serán también en la consolación.”



Concluyendo tengamos presente que los días 9 y 25 de agosto celebramos el aniversario de la muerte de nuestros mártires Miguel, Zbigniew y Sandro.  También  honramos la fecha del 28 de agosto conmemorándose los 12 años  de la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR).  ¡Bienvenidos nosotros si en estos días nos unimos al llanto de los muchos que extrañan a sus seres queridos arrebatados por la violencia!


No cabe duda que los que lloran en este mundo, aplastados y heridos por la desgracia, gozan de una autoridad que no tienen los perdidos en la superficialidad e indiferencia.  Nuestro Dios “ve la aflicción de su pueblo y escucha sus clamores y gemidos” (cf. Ex 3,7).  Él consuela a su pueblo.  Tenemos el derecho de decir lo que nos duele y el deber de consolar al que sufre.

sábado, 27 de junio de 2015

BIENAVENTURADOS MIGUEL, ZBIGNIEW Y SANDRO

“Cristo es el verdadero protagonista de las bienaventuranzas: No es solo el que las ha enseñado o enunciado, sino que es, sobre todo el que las ha realizado del modo más perfecto y con toda su vida” (Juan Pablo II en su discurso a los jóvenes del Perú en 1985).  El seguimiento de Jesús y la acogida del reino se verifican en la confesión y práctica de las bienaventuranzas.

Entonces, “los ojos fijos en Jesús” (Hb 12,2), recordando la vida y la muerte de nuestros mártires y obrando nuestra propia conversión, meditemos la segunda bienaventuranza en Mt 5,4.


II. Bienaventurados los mansos,
        porque ellos poseerán la tierra.




1.  Jesús, manso y humilde de corazón

v El enunciado de la segunda bienaventuranza se encuentra casi literalmente en el versículo 11  del Salmo 37 en el cual se confronta la situación de los impíos con la de los pobres y humildes. El salmo es una llamada a los humildes a confiar en que la justicia de Dios prevalecerá sobre la maldad y la violencia de los impíos y al mismo tiempo una exhortación a no responder con las mismas actitudes de violencia, de cólera, enojo e ira a los que les oprimen.  -Para la profundización de la segunda bienaventuranza nos conviene hacer nuestra la oración del Salmo 37 y tener presente que también era oración de Jesús.

v Jesús vivía en un país y en una sociedad marcados por la violencia.  Él sabía que era peligroso bajar solo de Jerusalén a Jericó. Sus ojos de niño y joven veían horrorizados las muchas crucifixiones que ordenaba la justicia romana.  Sabía que entre los suyos rige la ley: “ojo por ojo y diente por diente”.  Jesús aconsejaba a sus discípulos a romper con la espiral de la violencia, a no devolver mal por mal, a amar al enemigo, a perdonar, a no juzgar, ni condenar.

v Cierto día, Jesús da gracias al Padre por revelar los misterios del reino a los pequeños y humildes y ofrece alivio y descanso a los agobiados y sobre-cargados de las leyes de este mundo (cf.Mt 11,25-30).  “Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.  La mansedumbre de Jesús brota de su comunión con el Padre: “Todo me ha sido entregado por mi Padre”.

v Cuando ya los fariseos confabulan contra Jesús para eliminarlo, Mateo aplica a Jesús el estilo del Siervo de Yahvé en Isaías: “He aquí mi siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre Él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza” (cf. Mt 12,14-21).

v La entrada “triunfal” de Jesús a Jerusalén evoca de una manera impactante la venida del Mesías como Rey-Siervo (cf.Za 9,9-10).  Cayendo en manos de quienes lo arrestan, maltratan, condenan y crucifican, guarda la iniciativa y la serenidad.  Hace prevalecer la mansedumbre y opta con todo su ser por la no violencia. 

v De una manera significativa el Evangelio de Mateo en su epílogo subraya que Jesús, denunciador de la violencia y actor de la no violencia, como resucitado posee en herencia la tierra: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18).


2.  Nuestros mártires en medio de la gente humilde de Santa y Pariacoto.

v Ya once años Sandro venía caminando con las comunidades de gente humilde del valle de Santa.  A ese europeo disciplinado, decidido y ejecutivo le costó entrar en el modo de ser y el ritmo de la gente de Santa, había que aprender paciencia, humildad y mansedumbre; recibir antes de dar; percibir buenas nuevas antes de anunciar la Buena Nueva.
Miguel y Zbigniew en Pariacoto vibraban con esa vida dura, sencilla y alegre que se cultivaba en las muchas comunidades de la parroquia.  ¿Cómo entrar en ellas, ser y anunciar la Buena Nueva?  Había que reconocer la propia debilidad, revisar la teología aprendida, olvidar y aprender de quienes en estas tierras, por siglos, sabían vivir y morir

v Los misioneros Sandro, Miguel y Zbigniew se encontraban en medio de poblaciones campesinas, gente humilde que vive una relación determinante con el “humus”: las durezas y las bondades de la tierra se reflejan en el alma del campesino.  La mansedumbre y la humildad del cosmos se palpan en el corazón del que barbecha la tierra, la abona, siembra en ella, distingue en ella entre mala hierba y buena hierba, y todos los días vive pendiente de lo sembrado hasta el día de la cosecha.

v La historia de las comunidades de Santa y Pariacoto es también una larga historia de sobrevivencia en estructuras políticas y sociales de pecado que han “ensuciado” (cf. José María Arguedas) el alma de los campesinos.  Nuestros misioneros eran enviados a rescatar la vocación “comunera” de los pueblos, a sanar, perdonar y unir. 
Aparecida, hablando de la opción preferencial por los pobres, parece sugerir una pastoral de la ternura y mansedumbre: “Solo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe.  La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 398).

v Según testimonios, en el corto tiempo que toma la brutal detención de nuestros mártires, en sus últimos gestos y palabras, en su actitud indefensa frente a la violencia asesina, resuenan las palabras de Jesús: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 17-18).


3.  Algunas preguntas para encaminar nuestra conversión.

v ¿Cómo reacciono yo en situaciones de conflicto y discrepancia con otros? -  ¿La segunda bienaventuranza influye en mi manera de ser y de actuar?

v Frente a tantos hechos de violencia en el país se pide más policías en las calles, más y mejoras cárceles, leyes más drásticas, castigos más contundentes, la pena de muerte…¿Por allí va la solución?

v ¿Qué opinas de la invocación de Dios para justificar la violencia?

v Existen de hecho muchas situaciones de injusticia, de corrupción, de crimen y robo organizados, de violación del medio ambiente: ¿Cuáles podrían ser formas de lucha no violenta frente a estos abusos?

v Compartamos nuestros conocimientos sobre profetas de la no violencia como Mahatma Gandhi, Maximiliano Kolbe, Etty Hillesum, Martin Luther King, Teresa de Calcuta, Oscar Romero, Miguel Tomaszek, Zbigniew Strzalkowski y Sandro Dordi.

v ¿Quiénes eran, son y serán los poseedores de la tierra?


Victor Frankl, recordando el comportamiento de los internos de Auschwitz en medio de violencias de toda índole, apunta: “Nuestra generación es muy realista pues, después de todo, hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas en Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios”. 

domingo, 31 de mayo de 2015

BUENAS NUEVAS...


La celebración de la beatificación de nuestros mártires Miguel, Zbigniew y Sandro el 5 de diciembre es fecha importante y ojalá siempre memorable para nosotros.  Existe, sin embargo, la tentación de vivir esa fiesta vaciándola de su honda significación.

Hoy, preguntémonos:”¿Por qué la beatificación de nuestros mártires es una Buena Nueva? ¿Con qué actitudes responder al don que la Iglesia nos hace en la beatificación de los misioneros asesinados en julio de 1991? ¿Cómo la beatificación puede influir en nuestra manera de orar y de hacer pastoral?         

¡Busquemos algunas respuestas!

1.  “Jesucristo descendió a los infiernos”

Buenos conocedores de los 20 años de conflicto armado interno en el Perú (1980-2000) califican el período 89-92 como el más duro y feroz.  La subversión en estos años enarbola pretensiones de alcanzar el equilibrio estratégico, la violencia se orientaba más a eliminaciones selectivas y atentados sumamente cruentos e indiscriminados en grande ciudades.

Entre las muchas víctimas de la violencia insana de estos años están Miguel, Zbigniew y Sandro.  Ellos son asesinados como lo son miles de personas durante estos años en el Perú.  Gran parte de estas muertes son de gente muy humilde y pobre, arrancada de su quehacer y de ver diario.  Debemos mirar la vida y la muerte de nuestros mártires en comunión con los muchos “que vienen de la gran tribulación y que han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero” (Cf. Ap 7).

Jesús, que desciende por su misterio pascual a nuestros infiernos, los de todos los lugares y tiempos, envuelve con su gracia cada vida humana y le ofrece el don de la salvación.  También de esta esperanza son testigos Miguel, Zbigniew y Sandro. Es importante recordarlo en estos tiempos de violencia inaudita contra cristianos por el fanatismo religioso y político. 

2.  Eran fieles a su vocación

El Padre Sandro era un hombre maduro, un misionero de mucha experiencia, una personalidad definida y decidida. Tuvo tiempo para madurar su vocación y templarla venciendo muchos obstáculos.  Irradiaba alegría de fondo, amaba su vocación y la practicaba con gratitud a Dios y a mucha gente.  Sabía que su vida corría peligro, tenía miedo, pero seguía arando y sembrando. 

Los Padres Miguel y Zbigniew eran vidas jóvenes, misioneros en sus “primeros amores”.   Ni siquiera podían conocer a fondo la tierra que pisaban y la realidad dura que les envolvía y amenazaba.  Habían obedecido a un llamado, habían osado su éxodo, se habían dejado acoger por la gente de Pariacoto y les habían acogido; estaban dando los primeros pasos para ser el bien…Sus últimas horas se llenan de la entrega indefensa y de la radical no violencia del Siervo de Yavé,  evocado en el Libro de Isaías y encarnado en la pasión y muerte de Jesús.

Es importante que aceptemos y amemos nuestra vocación.  Una vocación única es inherente a todo ser humano que no puede ser él mismo y ser feliz sino cumpliendo con su vocación.  Entre nosotros hay las y los que han recibido y aceptado la vocación de servir en la Iglesia el reino de Dios.  La fidelidad de Miguel, Zbigniew y Sandro a su vocación debe impactar en nuestras vidas, llamarnos a regresar a nuestros “primeros amores”, a deshacernos de toda mediocridad e incoherencia, a perseverar, a “dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido” (Mt.10,8).  La beatificación implica el reconocimiento solemne por la Iglesia de la fidelidad de nuestros mártires a su vocación.  ¿Cómo celebrarla sino abrazando con mayor fidelidad y alegría nuestra propia vocación?

3.  Vidas misioneras según Papa Francisco

Ahora empiezan a circular entre nosotros fotos, videos y anécdotas de la vida de nuestros mártires en Pariacoto y en Santa.  Estos recuerdos me conectan con las características que el Papa Francisco asigna a una “Iglesia en salida”, a una Iglesia misionera (Cf.EG 24).

Había en la vida de Sandro, Miguel y Zbigniew un afán de “primerear”, de responder a ese Dios que nos amó primero y tomar iniciativas creativas para anunciar el Evangelio en las encrucijadas de la realidad. 

El martirio de estos misioneros es prueba de vidas involucradas en su tiempo y circunstancias.  “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (EG 24).

Sandro, durante 11 años, Miguel y Zbigniew, con la ilusión de enamorados de su pueblo, acompañaban con paciencia, compasión y solidaridad las comunidades de sus parroquias. 

Corrían los riesgos y los sacrificios del sembrador y de la semilla antes de fructificar.  “El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio, como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. (EG 24).

Quedan las muchas fotos y los testimonios de mucha gente que muestran a nuestros mártires festejando con la gente pequeños y grandes momentos en el camino de la evangelización. 

No puede ser que la beatificación no nos haga más misioneros.

4.  “Creo en la Iglesia Santa”

La Iglesia es santa porque se origina, radica y renace en la gracia de Dios.  Pero no se puede anunciar y creer la santidad de Dios y de su Iglesia, si no se verifica en nuestra historia y realidad.  La Iglesia, al beatificar y canonizar a ciertos fieles, reconoce que en la vida de estos fieles se ha manifestado la fidelidad a la gracia de Dios y se ha practicado el seguimiento de Jesús. “Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella misma ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación” (Lumen Gentium 49).  “Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en la circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia, (Christifideles Laici 17). 

“Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12,1-2ª).