La vocación específica de los laicos
a. En la visión de la Iglesia como pueblo de Dios y en su teología de la Iglesia – misterio de comunión Vaticano II supera definitivamente la definición negativa y privativa del laico. Aparecida tiene sus razones para recalcar la definición de la vocación laical en Vaticano II: “Los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (209).
La exhortación apostólica postsinodal “Christifideles Laici”, veinte años después del Concilio, pide buscar “vías concretas para lograr que la espléndida teoría sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica praxis eclesial” (ChF 2). Cabe la pregunta: ¿Por qué la claridad y excelencia de esta definición no penetró en el ser y en el hacer del laicado? ¿Por qué no ayudó suficientemente a dar el paso de un cristianismo de tradición y costumbre social a una fe personalizada y motivada por una mística? ¿Por qué los Obispos en Puebla ven “como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la creciente brecha entre pobres y ricos...una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos?” (cf P 28).
b. Como respondiendo a una debilidad generalizada de la Iglesia latinoamericana y a la inoperancia de muchas vocaciones específicas, Aparecida vitaliza y existencializa la definición clásica del laicado por su espiritualidad del encuentro vivencial con Cristo, como fundamento del discipulado misionero y de toda vocación específica en la Iglesia.
El artículo 243 del documento de Aparecida encierra lo que la V Conferencia General tipifica como condición de renovación eclesial: “El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de este sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios, como inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn 1, 35-39)”.

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