Sí, se trata de la aclamación que decimos o cantamos en la misa después
del relato de la institución de la Eucaristía.
Muchas veces, reconozcámoslo, no colocamos nuestro corazón y nuestra
vida en estas palabras que conmemoran lo central de nuestra fe. Sin embargo, quiénes con fe viva y agradecida
pronuncian estas palabras, acogen el don de la salvación hoy y se ofrecen como
discípulos y misioneros de Cristo.
Cuaresma y Semana Santa traen días favorables para hacer
memoria de la Pascua del Señor y revisar su impacto en nuestras vidas, en la
sociedad y en la Iglesia.
1. Anunciamos tu muerte.
Jesús nunca habla de
su muerte en términos de fatalidad. Él
es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. La da voluntariamente. Ve su muerte como la del grano de trigo que
muere para dar mucho fruto. Para los
suyos su muerte será tristeza que se convierte en alegría. “No hay amor más grande que este: dar la vida
por sus amigos” (Jn 15,13). Del corazón
abierto de Jesús en la cruz brotarán para siempre las aguas vivas del Espíritu
Santo que nos hacen recordar y guardar todo lo que él ha hecho y dicho. Al
anunciar con fe la muerte del Señor, no la ubicamos en el pasado. La proclamamos manantial vivo para quienes
hoy optan por el estilo de vida de Jesús de Nazareth y las exigencias de su
reino.
“A veces sentimos la
tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas
del Señor. Pero Jesús quiere que
toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos
cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia
del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto
con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la
ternura. Cuando lo hacemos, la vida
siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de
ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).
Al anunciar con “fe activa en la caridad” (Gal 5,6) la muerte del Señor,
nuestra vida personal se somete continuamente a las exigencias del seguimiento
de Jesús; también adquirimos los hábitos y las luces para discernir lo
auténtico de lo tramposo en la vida social y política así como el deseo y la
voluntad de implementar una pastoral que alumbra la alegría del Evangelio.
2.
Proclamamos tu resurrección
Una cierta educación tradicional en la fe ha
contribuido a quitar a la resurrección del Señor su impacto en la realidad y en
la historia. Proyectando indebidamente
la resurrección de Jesús y de los cristianos en el “más allá” contribuimos a
una visión pesimista del mundo. En la “Evangelii Gaudium” el Papa Francisco
encuentra palabras convincentes para llamarnos a creer en la victoria del bien
sobre el mal y a detectar señales de resurrección.
“Su resurrección no es algo del pasado;
entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto por todas
partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no
existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no
ceden. Pero también es cierto que en
medio de la oscuridad siempre comienza brotar algo nuevo, que tarde o temprano
produce fruto. En un campo arrasado
vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a brotar y a
difundirse. Cada día en el mundo renace
la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la
historia. Los valores tienden siempre a
reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces
de lo que parecía irreversible. Esa es
la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese
dinamismo” (EG 276).
No
solo proclamamos la resurrección del Señor en los sacramentos de la Iglesia,
también la proclamamos en los “sacramentos de la vida cotidiana”. Encuentro el pulso de la resurrección del
Señor en muchos pequeños y discretos de generosidad, en muchas iniciativas de
reconciliación y perdón, en sendas
actitudes de defensa de la vida que contradicen lo sembrado por la corrupción y
el desprecio de la vida. La lectura del “evangelio en la calle” se
desprende de la lectura del evangelio en el libro sagrado.
3.
¡Ven, Señor Jesús!
Hace eco en esa
entrañable oración de la Iglesia el “marana-tha” de los orígenes (cf. Ap
22,16-21). Por su muerte y resurrección, por su pascua, Jesús es manantial vivo
del Espíritu Santo, acontecimiento permanente de salvación, sacramento de
redención universal. El crucificado,
el “levantado en alto” tiene la autoridad del “Yo Soy” (cf. Jn 8,28), del que
es y da el ser, del que existe y hace existir, del que vive y hace vivir. ¡Hagamos brotar esta oración desde nuestras
experiencias de vida y sobre todo desde las “sombras de la muerte” que
envuelven nuestro mundo y nuestra Iglesia!
Finalmente exprese
esta oración, que dice la asamblea litúrgica y que digamos caminando por la
calle, nuestra acogida agradecida del don de la salvación y nuestra disponibilidad de ser discípulos y
misioneros del Señor. “Gratuitamente han recibido; den también
gratuitamente” (Mt 10,8).
No puedo sino añadir
a esa meditación unos versos de San Juan de la Cruz:
“¡Que bien sé yo la
Fonte que mana y corre
aunque es de noche!
Aquesta eterna fonte
está escondida
en este vivo pan por darnos vida
aunque es de noche.
Aquesta viva fonte
que deseo
en este pan de vida
yo la veo
aunque es de noche.


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