jueves, 19 de febrero de 2015

“Remen mar adentro…”

Al inicio del año pastoral 2015 conviene recordar esa consigna del Señor a pescadores cansados y un tanto desanimados (Lc 5, 4-11).  Oigan también esa orden discípulos y misioneros tentados por la “seguridad de la orilla” (EG 10) y el “chapoteo pastoral” en aguas a su medida en lugar de apasionarse por una “pesca” en aguas profundas.  “Mar adentro” nos invita a dar profundidad a lo que hacemos.

1.  Hoy se pide creyentes con autoridad.
En nuestros tiempos las creencias religiosas de todos los credos son sometidas a un juicio inexorable.  Grandes concentraciones humanas en muchos lugares rechazan la invocación de Dios para justificar violencia, asesinatos y guerra.  En nuestro medio se desinflan tantos juramentos frente al crucifijo y la biblia que nunca llevan a asumir la causa del crucificado y de su palabra.  La oficialidad de la fe cristiana en las instituciones de muchas naciones no parecen haber contribuido a promover relaciones de justicia y fraternidad.  Las generaciones actuales, especialmente los jóvenes, nos ven como cristianos tibios, ni fríos ni calientes; no somos atractivos y no quieren seguir en nuestras huellas.  Y, aunque nos duela, no dejemos de recordar que los escándalos financieros y los abusos de menores han mermado seriamente la autoridad de la Iglesia católica. 

En medio de todos los pueblos la mejor gente, la más sana y crítica espera de los creyentes en Dios muestras concretas de humanidad y gestos solidarios al servicio de una convivencia humana más feliz. “Llegamos a ser plenamente humanos, cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestros ser verdadero” (EG 8).

2.  Volver a Jesús.

Decía la gente que observaba y seguía a Jesús, que tenía una autoridad diferente que la de los profesionales de la religión (Mt 7,29; Mc 1,22; Lc 4, 32).  Reivindicando una autoridad muy propia, no pocas veces, Jesús va más allá de lo que enseñaba la Ley de Moisés (Cf. Mt 5, 21-48).  Él echa demonios “con el dedo de Dios” (Lc 11, 20).  No duda en perdonar pecados (Mc 2, 5-10).  Justifica su opción preferencial por los pecadores con la autoridad de la Escritura Santa (Mt 9, 10-13).  Limpia el templo de Jerusalén en el nombre de su Padre, el Dios de los Judíos (Jn 2, 13-17).  Se identifica con el Buen Pastor anunciado por los profetas (Jn 10, 1-18), con el pan de vida eterna (Jn 6, 52-58), con el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).  Finalmente, provocando escándalo, rechazo y su propia condena, afirma: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…; mis palabras son sus palabras y mis obras son sus obras” (Cf. Jn 14, 8-12). 

En Jesús se manifiesta “el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre” (DA 107).  “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su  cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida.” (DA 139)

3.  Integrar comunidades y familias cristianas.

Las conclusiones de la XXXII Asamblea Diocesana de Pastoral nos convocan a todos a revitalizar nuestra Iglesia local y nuestra vocación en comunidades y familias que irradian la autoridad de Jesús y atraen por una convivencia que construye humanidad.  El Papa Francisco, de una manera impactante, recoge este propósito en “La Alegría del Evangelio”: “Necesitamos lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales” (EG 77). 


Termino deseando que las hojas de “Mar Adentro” nos motiven a unirnos en comunidades y familias donde pulse el corazón de Jesús, su ternura y autoridad; donde comunitariamente amamos y defendemos la vida.  Dejo la última palabra al Papa Francisco: “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina.  Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (EG 11).

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