Esta oración se
inspira en Rm 5,5.- Con frecuencia, en este tiempo pascual que gravita hacia
Pentecostés, la voy musitando. Lo hago cuando me siento bien y cuando me siento
mal. Brota de una experiencia de
destierro, fragilidad y esperanza que comparto con mucha gente cerca y lejos de
mí. Anhela un corazón nuevo,
reconciliado con Dios, con los demás y conmigo mismo. Esta oración suplica al Espíritu que nos haga
recordar la manera de amar de nuestro
Dios, de percibir las huellas de ese amor en nuestro mundo y de vivenciarlo en
Iglesia.
1. El Espíritu nos inserta en el amor
de Dios.
Guarda toda su autoridad la
afirmación del gran místico del siglo XI, Guillermo de Saint Thierry: “El
Espíritu Santo es el amor que hay entre el Padre y el Hijo; es su unidad y
dulzura, su bien y su beso, su abrazo”.
La racionalidad seca en la teología de la Santísima Trinidad merece ser
sacudida por esta intuición que brota de la oración.
Entonces, pedir al Espíritu que
derrame el amor de Dios en nuestros corazones expresa el deseo de participar de
ese mismo movimiento de entrega y acogida mutuas que constituyen la comunidad
trinitaria. El Espíritu nos confirma que
todo lo que tenemos es don recibido para entregar. Acogiendo el don de Dios, nos convertimos en
don para los demás.
El Papa Francisco recoge la
significación existencial del amor de Dios derramado en nuestros corazones en
la Laudato Sí: “La persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida
que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios,
con los demás y con todas las criaturas.
Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitaria que Dios ha
impreso en ella desde su creación. Todo
está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de solidaridad
global que brota del misterio de la Trinidad”. (240)
2. Hay huellas de Dios en nuestro
mundo.
Escribo estas líneas,
cuando se precisan los informes sobre el devastador terremoto en el norte de
Ecuador, cuando un “sismo político” sacude Brasil, cuando todavía no nos
reponemos en el Perú de lo desconcertante de las elecciones del 10 de abril,
cuando revistas y diarios de nuestro medio siguen ventilando escándalos en
nuestra Iglesia, cuando la criminalidad no para en el Callao y en Chimbote a
pesar del estado de emergencia, cuando…
Reacciones de
solidaridad con los siniestrados del Ecuador mantienen vivo el sueño de la
aldea global. Grupos de jóvenes en el
campus de la UNS discuten sobre la segunda vuelta de las elecciones; me hacen
recordar la vieja canción: “algo nuevo está naciendo”. Escándalos y crímenes no pueden silenciar la
voz de los mucho más numerosos que diariamente cumplen con su deber. ¿Por qué
no me fijo en la alegría desbordante de los niños que a esta hora acaparan la
calle? ¿Por qué no doy más importancia a varios enfermos allegados que irradian
esperanza? ¿Por qué no me alimento más de la Buena Nueva que Yola sigue
anunciando a pesar de la pérdida de lo más precioso que tenía?
Mejor, dejo decir al
Papa Francisco lo que quiero decir: “Creámosle
al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está
desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: Como la semilla pequeña que
puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado
de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13.33), y como la buena semilla
que crece en la medio de la cizaña (cf. Mt 13.24-30), y siempre puede
sorprendernos gratamente. Ahí está,
viene otra vez, lucha por florecer de nuevo.
La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo
nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del
Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha
resucitado en vano. ¡No nos quedemos al
margen de esa marcha de la esperanza viva!” (E.G 278).
3. Como los discípulos de Emaús (cf.Lc
24,13-35)
Como ellos vamos por el
camino dando vueltas a nuestras dudas y tristezas. Cuando en comunidad cristiana meditamos la
Escritura Santa, el Resucitado mismo nos habla, hace arder el corazón y querer
que se quede con nosotros. En la
Eucaristía, en la fracción del Pan, celebramos el feliz reconocimiento del
Resucitado, “su modo de ser pasa en nuestras vidas” (San Juan Pablo II), para
ser su Iglesia, núcleo humano de esperanza en el mundo.
“¡Derrama, Señor, tu Espíritu en nuestros corazones,
para que en comunidad cristiana
nos ayudemos mutuamente
a conocer, amar y seguir a Jesús!”.
Eduardo Galeano es el autor de esta referencia al vuelo del
Albatros que bien podría ser la parábola de la vida conducida por el Espíritu:
“Vive en el viento, vuela siempre, volando duerme. El viento no lo cansa ni lo gasta. A los 80 años, sigue dando vueltas y más
vueltas alrededor del mundo.
El viento le anuncia de donde vendrá la tempestad y le dice dónde
está la Costa. Él nunca se pierde, ni
olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar
tampoco. Sus patas cortas caminan mal y
flotando se aburre.
Cuando el viento lo abandona, espera. A veces el viento demora, pero siempre vuelve:
lo busca, lo llama y se lo lleva. Y él
se deja llevar, se deja volar con sus alas enormes planeando en el aire”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario