miércoles, 11 de mayo de 2016

¡Derrama, Señor, por tu Espíritu el amor de Dios en nuestros corazones!

Esta oración se inspira en Rm 5,5.- Con frecuencia, en este tiempo pascual que gravita hacia Pentecostés, la voy musitando. Lo hago cuando me siento bien y cuando me siento mal.  Brota de una experiencia de destierro, fragilidad y esperanza que comparto con mucha gente cerca y lejos de mí.  Anhela un corazón nuevo, reconciliado con Dios, con los demás y conmigo mismo.  Esta oración suplica al Espíritu que nos haga recordar la  manera de amar de nuestro Dios, de percibir las huellas de ese amor en nuestro mundo y de vivenciarlo en Iglesia.



1.  El Espíritu nos inserta en el amor de Dios.

Guarda toda su autoridad la afirmación del gran místico del siglo XI, Guillermo de Saint Thierry: “El Espíritu Santo es el amor que hay entre el Padre y el Hijo; es su unidad y dulzura, su bien y su beso, su abrazo”.  La racionalidad seca en la teología de la Santísima Trinidad merece ser sacudida por esta intuición que brota de la oración.

Entonces, pedir al Espíritu que derrame el amor de Dios en nuestros corazones expresa el deseo de participar de ese mismo movimiento de entrega y acogida mutuas que constituyen la comunidad trinitaria.  El Espíritu nos confirma que todo lo que tenemos es don recibido para entregar.  Acogiendo el don de Dios, nos convertimos en don para los demás.

El Papa Francisco recoge la significación existencial del amor de Dios derramado en nuestros corazones en la Laudato Sí: “La persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas.  Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitaria que Dios ha impreso en ella desde su creación.  Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad”. (240)


2.  Hay huellas de Dios en nuestro mundo.

Escribo estas líneas, cuando se precisan los informes sobre el devastador terremoto en el norte de Ecuador, cuando un “sismo político” sacude Brasil, cuando todavía no nos reponemos en el Perú de lo desconcertante de las elecciones del 10 de abril, cuando revistas y diarios de nuestro medio siguen ventilando escándalos en nuestra Iglesia, cuando la criminalidad no para en el Callao y en Chimbote a pesar del estado de emergencia, cuando…

Reacciones de solidaridad con los siniestrados del Ecuador mantienen vivo el sueño de la aldea global.  Grupos de jóvenes en el campus de la UNS discuten sobre la segunda vuelta de las elecciones; me hacen recordar la vieja canción: “algo nuevo está naciendo”.  Escándalos y crímenes no pueden silenciar la voz de los mucho más numerosos que diariamente cumplen con su deber. ¿Por qué no me fijo en la alegría desbordante de los niños que a esta hora acaparan la calle? ¿Por qué no doy más importancia a varios enfermos allegados que irradian esperanza? ¿Por qué no me alimento más de la Buena Nueva que Yola sigue anunciando a pesar de la pérdida de lo más precioso que tenía?

Mejor, dejo decir al Papa Francisco lo que quiero decir: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: Como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13.33), y como la buena semilla que crece en la medio de la cizaña (cf. Mt 13.24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente.  Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo.  La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.  ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!” (E.G 278).


3.  Como los discípulos de Emaús (cf.Lc 24,13-35)

Como ellos vamos por el camino dando vueltas a nuestras dudas y tristezas.  Cuando en comunidad cristiana meditamos la Escritura Santa, el Resucitado mismo nos habla, hace arder el corazón y querer que se quede con nosotros.  En la Eucaristía, en la fracción del Pan, celebramos el feliz reconocimiento del Resucitado, “su modo de ser pasa en nuestras vidas” (San Juan Pablo II), para ser su Iglesia, núcleo humano de esperanza en el mundo.


       “¡Derrama, Señor, tu Espíritu en nuestros corazones,
       para que en comunidad cristiana
       nos ayudemos mutuamente
       a conocer, amar y seguir a Jesús!”.


     Eduardo Galeano es el autor de esta referencia al vuelo del Albatros que bien podría ser la parábola de la vida conducida por el Espíritu:

     “Vive en el viento, vuela siempre, volando duerme.  El viento no lo cansa ni lo gasta.  A los 80 años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.

     El viento le anuncia de donde vendrá la tempestad y le dice dónde está la Costa.  Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco.  Sus patas cortas caminan mal y flotando se aburre.


     Cuando el viento lo abandona, espera.  A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama y se lo lleva.  Y él se deja llevar, se deja volar con sus alas enormes planeando en el aire”.

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