miércoles, 11 de mayo de 2016

¡Derrama, Señor, por tu Espíritu el amor de Dios en nuestros corazones!

Esta oración se inspira en Rm 5,5.- Con frecuencia, en este tiempo pascual que gravita hacia Pentecostés, la voy musitando. Lo hago cuando me siento bien y cuando me siento mal.  Brota de una experiencia de destierro, fragilidad y esperanza que comparto con mucha gente cerca y lejos de mí.  Anhela un corazón nuevo, reconciliado con Dios, con los demás y conmigo mismo.  Esta oración suplica al Espíritu que nos haga recordar la  manera de amar de nuestro Dios, de percibir las huellas de ese amor en nuestro mundo y de vivenciarlo en Iglesia.



1.  El Espíritu nos inserta en el amor de Dios.

Guarda toda su autoridad la afirmación del gran místico del siglo XI, Guillermo de Saint Thierry: “El Espíritu Santo es el amor que hay entre el Padre y el Hijo; es su unidad y dulzura, su bien y su beso, su abrazo”.  La racionalidad seca en la teología de la Santísima Trinidad merece ser sacudida por esta intuición que brota de la oración.

Entonces, pedir al Espíritu que derrame el amor de Dios en nuestros corazones expresa el deseo de participar de ese mismo movimiento de entrega y acogida mutuas que constituyen la comunidad trinitaria.  El Espíritu nos confirma que todo lo que tenemos es don recibido para entregar.  Acogiendo el don de Dios, nos convertimos en don para los demás.

El Papa Francisco recoge la significación existencial del amor de Dios derramado en nuestros corazones en la Laudato Sí: “La persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas.  Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitaria que Dios ha impreso en ella desde su creación.  Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad”. (240)


2.  Hay huellas de Dios en nuestro mundo.

Escribo estas líneas, cuando se precisan los informes sobre el devastador terremoto en el norte de Ecuador, cuando un “sismo político” sacude Brasil, cuando todavía no nos reponemos en el Perú de lo desconcertante de las elecciones del 10 de abril, cuando revistas y diarios de nuestro medio siguen ventilando escándalos en nuestra Iglesia, cuando la criminalidad no para en el Callao y en Chimbote a pesar del estado de emergencia, cuando…

Reacciones de solidaridad con los siniestrados del Ecuador mantienen vivo el sueño de la aldea global.  Grupos de jóvenes en el campus de la UNS discuten sobre la segunda vuelta de las elecciones; me hacen recordar la vieja canción: “algo nuevo está naciendo”.  Escándalos y crímenes no pueden silenciar la voz de los mucho más numerosos que diariamente cumplen con su deber. ¿Por qué no me fijo en la alegría desbordante de los niños que a esta hora acaparan la calle? ¿Por qué no doy más importancia a varios enfermos allegados que irradian esperanza? ¿Por qué no me alimento más de la Buena Nueva que Yola sigue anunciando a pesar de la pérdida de lo más precioso que tenía?

Mejor, dejo decir al Papa Francisco lo que quiero decir: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: Como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13.33), y como la buena semilla que crece en la medio de la cizaña (cf. Mt 13.24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente.  Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo.  La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.  ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!” (E.G 278).


3.  Como los discípulos de Emaús (cf.Lc 24,13-35)

Como ellos vamos por el camino dando vueltas a nuestras dudas y tristezas.  Cuando en comunidad cristiana meditamos la Escritura Santa, el Resucitado mismo nos habla, hace arder el corazón y querer que se quede con nosotros.  En la Eucaristía, en la fracción del Pan, celebramos el feliz reconocimiento del Resucitado, “su modo de ser pasa en nuestras vidas” (San Juan Pablo II), para ser su Iglesia, núcleo humano de esperanza en el mundo.


       “¡Derrama, Señor, tu Espíritu en nuestros corazones,
       para que en comunidad cristiana
       nos ayudemos mutuamente
       a conocer, amar y seguir a Jesús!”.


     Eduardo Galeano es el autor de esta referencia al vuelo del Albatros que bien podría ser la parábola de la vida conducida por el Espíritu:

     “Vive en el viento, vuela siempre, volando duerme.  El viento no lo cansa ni lo gasta.  A los 80 años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.

     El viento le anuncia de donde vendrá la tempestad y le dice dónde está la Costa.  Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco.  Sus patas cortas caminan mal y flotando se aburre.


     Cuando el viento lo abandona, espera.  A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama y se lo lleva.  Y él se deja llevar, se deja volar con sus alas enormes planeando en el aire”.

viernes, 29 de abril de 2016

Encontrarse con Cristo Resucitado

El Papa Francisco no deja de señalar la Cruz de Cristo como fuente de la misericordia, “del amor de Dios derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5).  Busquemos en este “tiempo pascual” el encuentro con Jesús Resucitado, “rostro de la misericordia del Padre”. 


1.  ¡No reprimas tu llanto y tu tristeza!

Frente al sepulcro María de Magdala está llorando (cf. Jn 20,11-18).  El que ha dado salud y sentido a su vida parece definitivamente ausente.  María, sin embargo, no se deja paralizar; ella mira y observa, se acerca y retrocede, busca y pregunta.  En este trance escucha dicho su nombre como solo Jesús lo puede decir.  La alegría del reencuentro es inmensa y Jesús le confía la misión de anunciar que Él vive y hace vivir.

Este mismo día, “el primero de la semana”, dos discípulos dejan Jerusalén y caminan a Emaús (cf. Lc 24,13-35).  Están hundidos y enfrascados en la tristeza, porque Jesús, su esperanza, parece haber fracasado en la cruz.  Jesús mismo se hace compañero de ruta, introduce en el entendimiento de las Escrituras, se hace reconocer con gozo en la Eucaristía y transforma la dimisión en misión. 


Nuestras tristezas y desilusiones también pueden ser oportunidades para un encuentro con el Resucitado que “llama a cada uno de sus ovejas por su nombre” (Jn 10,3), hace “arder el corazón” al revelar la misericordia del Padre y nos confía una misión que siempre será eclesial pero se debe teñir también con la experiencia de un encuentro único y personal con el Resucitado.



2.  Recuperar aliento.

Al atardecer de ese primer día de la semana, los discípulos están reunidos y las puertas de la casa trancadas.  Tienen miedo de los judíos, miedo de correr la misma suerte que el maestro Jesús (cf.Jn 20,19-23).

No hagámonos los valientes.  Nosotros también tenemos miedo de seguir coherentemente.  Tenemos miedo de decir y hacer la verdad. Tenemos miedo de nadar contra la corriente.  Tenemos miedo de iniciar y de defender un estilo de vida más humano y más solidario.  Tenemos miedo de denunciar la violencia y hacer valer la misericordia. 


Jesús aparece en medio de los miedosos con un mensaje de paz.  Su paso por la pasión y la muerte no ha podido alterar su compasión por la humanidad.  Les señala sus heridas para convencerles que siempre nos amará con el amor del que entrega su vida por sus amigos.

La Biblia menciona el aliento de Dios al inicio de la vida.  Ahora Jesús sopla sobre estos miedosos para que se levanten y asuman su misma misión.  Para que en el aliento del Resucitado renazcan y enfrenten con el perdón y la misericordia lo que socava el reino de Dios.


3.  Sanar heridas.

Ocho días después, también era domingo, Tomás coloca sus dedos en las llagas del Señor y nos lega la hermosa confesión de fe: “Señor mío y Dios mío” (cf. Jn 20,24-29). 

En los relatos bíblicos de los encuentros con el Resucitado las llagas en el costado, las manos y los pies de Jesús anuncian que el amor que nos salva es martirial, brota de un corazón vulnerable.  El amor de Dios hacia nosotros precisamente es compasivo, lo hace sufrir con nosotros.  Las heridas en el cuerpo del Resucitado nos recuerdan “que no hay amor más grande que este: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), pero nos envían también a colocar nuestros dedos en las heridas visibles e invisibles de los que sufren y con quienes se identifica Jesús.  Las llagas de Jesús nos anuncian que por misericordia hemos sido salvados para que, como el “buen samaritano” veamos al herido, sintamos compasión y nos hagamos su prójimo.


4.  ¡Vayan al mundo entero!

El Resucitado cita a sus discípulos en Galilea (cf. Mt 28,16-20), su tierra donde abundan pobres y marginados.  El lugar del encuentro es el monte de la permanente tentación de cerrarnos a la misericordia del Padre y de negar misericordia al prójimo.  Es el monte donde Jesús proclama: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”.  Es el monte donde el amor del Padre llena de luz y resplandor el rostro del Hijo, el amado y predilecto.  Es el monte de la entrega del Espíritu de Jesús que derrama la misericordia de Dios en nuestros corazones y nos envía como Iglesia y discípulos de Jesús a reconocer que Dios nos amó primero, a involucrarnos en la solución de los problemas que diariamente aquejan a muchos, a acompañar al que está solo y deprimido, a ser como grano de trigo que muriendo origina vida nueva, a festejar en comunidad la experiencia de la misericordia de nuestro Dios (cf. E.G.24).

¡Anhelemos el encuentro con Cristo Resucitado, fuente y rostro de la  misericordia del Padre, presente en quienes esperan misericordia!


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


BIENAVENTURADOS
MIGUEL, Zbigniew Y SANDRO

Solo por la dinámica de las bienaventuranzas el martirio se convierte en una señal del Reino de Dios.  El Dios-con-nosotros, Jesucristo, anuncia y promete felicidad a sus seguidores, a los que como él y en él, en la vida y en la muerte, son pobres en el Espíritu.  Ni la pobreza, ni la mansedumbre, ni la aflicción, ni hambre o sed de la justicia,  ni la misericordia, ni la pureza de corazón, ni el trabajo por la paz, ni la persecución, ni el martirio dan la bienaventuranza sino en el horizonte de la esperanza que es Dios.  Solo así el martirio introduce en el corazón de Dios, en la asamblea de sus santos y es felicidad.

“El martirio con el que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a Él en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como el supremo don y la prueba mayor de la caridad.  Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (Lumen Gentium 42).

Nuevamente, “los ojos fijos en Jesús” (Hb 12,2), recordando actitudes centrales en la vida de nuestros mártires y agradeciendo nuestra condición de hijas e hijos de Dios, meditemos la siguiente bienaventuranza en Mateo 5,9.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.


En la biblia la entrañable palabra shalom alude a prosperidad y abundancia.  Desear shalom a una persona no es desearle todo lo mejor que pueda haberle en el mundo, sino desearle que llegue a ser todo aquello que está llamado a ser.

Sin embargo, en la biblia shalom no es un bien meramente individual; es un don para todo el pueblo.  Yo no puedo estar con paz, si los que me rodean carecen de paz.  Por eso insiste Isaías: “La paz es obra de la justicia” (Is 32,17).  De una manera muy hermosa lo señala el Salmo: “La justicia y la paz se besan” (Sal 85,11)


1.  La paz que trae Jesús

v  Al nacer Jesús, el Mesías, en Belén, los ángeles anuncian paz a los amados por Dios. –El mismo mensaje resuena cuando el rey de la paz, como preludio de su pasión y muerte, entra en Jerusalén con humildad y recusando medios poderosos y violentos.

v  Muchos gestos y dichos en los evangelios revelan a Jesús como amante de la paz: Aconseja un comportamiento interpersonal que favorece y restablece la paz.  Invita a perdonar siempre.  Manda amar al enemigo.  Comparte las alegrías sencillas de la vida en visitas a casa y comidas.  Desea la paz a la que ha recuperado la salud y a la pecadora perdonada. Enviando a sus discípulos a anunciar el reino, les pide llevar un saludo de paz.  Cuando por su anunciada partida la tristeza invade a los discípulos, Jesús promete  que su sacrificio será fuente de alegría y paz.  De hecho el saludo del resucitado a los suyos es: SHALOM. (Jn 20,19)

v  La paz que trae Jesús es distinta de la que da el mundo.  “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo” (Jn 14,27). –El anunciado en el templo por Simeón, como “signo de contradicción” (Lc 2,24) advierte a sus seguidores: “¿Piensan que he venido a traer paz a  la tierra? No, se lo aseguro, sino división” (Lc12,51). Seguir con fidelidad y coherencia a Jesús conlleva conflicto dentro de familias, vecindades y pueblos (Cf Mt110, 34-36). ¿Cómo extrañarnos de que Jesús suscitara en su tiempo- y -también en el nuestro- críticas y resistencias y de que sus opositores optaran por eliminarlo?


2.  La paz: tarea de misioneros

v  Al llegar a Santa y a Pariacoto, los misioneros Sandro, Miguel y Zbigniew, recibían un saludo y abrazo de paz en la manera de ser de mucha gente sencilla.  Se inició este dichoso intercambio de paz entre los pobres que confían y los que les anuncian buenas nuevas, celebran con ellos el don de la salvación y se juntan a ellos para hacer crecer la esperanza.

v  Dando sus primeros pasos en Santa y Pariacoto Sandro, Miguel y Zbigniew anticipan lo que el Papa Francisco recalca 22 años después de su muerte en la “Evangelii Gaudium”: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan…El sembrador cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña.  Cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas.  Encuentra la manera de que la palabra se encarne en una situación concreta y de frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados.  El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora” (EG 24).

v  Nuestros misioneros, con el curso del tiempo y profundizando en Iglesia su misión, perciben en los lugares que frecuentan y en el país “tensiones que conspiran contra la paz, … que la amenazan,… que expresan una situación de pecado, … que constituyen una negación de la paz tal como la entiende la tradición cristiana:  la paz, obra de la justicia, … un quehacer permanente, … fruto del amor… La paz con Dios es fundamento último de la paz interior y de la paz social.  Por lo mismo, allí donde se encuentran injustas desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor; más aún, un rechazo del Señor mismo” (Medellín –Paz).

Por fidelidad a nuestros mártires hay que continuar su trabajo por la paz que es transversal a todo nuestro quehacer pastoral.  A esto también compromete la beatificación. 


3.  “Les dio el poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12)


v  Jesús por su Pascua comparte con los que creen en él su condición de Hijo de Dios.  En todas las situaciones de nuestra vida somos llamados a acoger y vivir nuestra condición de hijas e hijos de Dios.

v  Con algunas frases del testamento espiritual del P.Christian-Marie Chergé, el superior de los siete monjes trapenses asesinados en 1996 en Argelia, honremos la memoria de nuestros mártires y pidamos fidelidad a nuestra vocación de “hacernos hijas e hijos de Dios”:  “Si un día me aconteciera  -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia recordaran que mi vida ha sido donada a Dios y a este país.  Que aceptaran que el único Señor de todas las vidas no podría permanecer ajeno a esa muerte brutal.  Que rezaran por mí: ¿cómo ser digno de semejante ofrenda?, que supieran asociar esta muerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato.  Mi vida no vale más que otra.  Tampoco vale menos.  De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia.  He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo y también del que podría golpearme a ciegas… En este “gracias”, en el que ya está dicho todo de mi vida, los incluyo a ustedes, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a ustedes, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido! y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir ese gracias y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo.  Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre Nuestro, Padre de ambos.  Amén. Inchalá”.

martes, 8 de septiembre de 2015

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados

BIENAVENTURADOS
MIGUEL, Zbigniew Y SANDRO


Las palabras siguientes del Documento de Aparecida nos dan el tenor para meditar las bienaventuranzas evangélicas: “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (DA 139).  Estas mismas palabras nos devuelven la luz que iluminaba el caminar de nuestros mártires.

Entonces, “los ojos fijos en Jesús” (Hb 12,2), acompañando a nuestros misioneros mártires en su trabajo pastoral y proyectando nuestra conversión al reino, meditemos la cuarta bienaventuranza en Mt 5,6.



IV. Bienaventurados los que tienen hambre y sed
     de la justicia, porque ellos serán saciados

Los pueblos de la tierra han codificado su concepto de justicia en leyes y reconozcamos que la obediencia a estas leyes significaría un avance en humanización. Sin embargo, más de la mitad de la humanidad vive en extrema pobreza, guerras y violencias azotan a muchas regiones y en los lugares del globo donde se goza de bienestar, progreso y condiciones de vida favorables se extiende una preocupante y dolorosa pérdida en valores humanos.

Existe y se extiende el hambre y la sed por una justicia que los seres humanos no logramos alcanzar, que no logramos darnos, una justicia que habrá que recibir del que nos fundó en nuestro ser, nuestro Dios a quien podemos ver, escuchar y tocar en Cristo Jesús.



1.  Jesús con hambre y sed de la justicia

v  Jesús, desde niño, “vive en la casa de su Padre” (Lc 2,49), “crece en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y ante la gente” (Lc 2, 52).  Especialmente el evangelio de Lucas insiste en los hábitos de frecuentes y largos tiempos de oración de Jesús.  Jesús orando escruta el corazón del Padre hace suya su voluntad y la confronta con las vivencias de la gente.  La voluntad del que lo ha enviado es su misión (Jn 5,30), es su alimento (Jn 4,34) y su último deseo: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).  -  Y Jesús, en su oración que quiso que sea la nuestra, reza: “Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra”.  No hay bendición mayor que la realización de la voluntad del Padre.

v  Jesús invita a sus discípulos a “practicar una justicia superior a la de los escribas y fariseos para entrar en el reino de los cielos” (Mt 5 y 6): 

La ley dice: “No matarás”.  Jesús dice: “Ni siquiera enójate contra tu hermano ni lo insultes. Reconcíliate con él”.

La ley dice: “No jures en falso”.  Jesús dice: “Nunca jures.  Tu lenguaje sea sí o no”.

La ley dice: “Ojo por ojo, diente por diente”: Jesús aconseja no resistir al malvado y devolver bien por mal.

La ley dice: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.  Jesús dice: “Amen a sus enemigos”.

Jesús sintetiza su pregón sobre la justicia que rige en el reino de los cielos diciendo: “Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5,48).


v  En las parábolas del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32) y de los obreros de la viña (Mt 20, 1-16) Jesús hace saborear de una manera provocativa la justicia que brota del corazón de su Padre.  ¡Ay de nosotros si la bondad de nuestro Dios nos escandaliza!

v  A los sedientos de vino en Caná (Jn 2, 1-12), a la Samaritana con sed en el pozo de Jacob (Jn 4, 1-42), a los hambrientos de pan en Cafarnaún (Jn 6) Jesús anuncia la llegada de su hora, cuando de su corazón abierto en la cruz ofrece a la humanidad el agua viva y el pan de vida para que nunca tengan hambre ni sed y vivan y actúen en comunión con él y el Padre.  En la Eucaristía ya está realizada la plenitud y es el centro del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable” (Laudato Si).


2.  Misioneros en Santa y Pariacoto para satisfacer hambre y sed de la justicia

v  Nuestros misioneros mártires, por su presencia y su actuar pastoral, querían anunciar y hacer experimentar que Dios es bueno.  “Jesús hoy sigue invitando a encontrar en Él el amor del Padre.  Por eso mismo el discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores” (DA 147).

v  Querían celebrar con el pueblo el don de la salvación en los sacramentos y hacer amar a ese Dios que hace germinar la semilla, que está en la alegría de la cosecha, que bendice la familia  unida, que alivia pena y dolor, que convoca en comunidad, que perdona el pecado, que viene para que tengan vida en abundancia. 

v  Querían ser amigos de la gente, conseguir ayuda para que coman mejor, para que modernicen el trabajo en la chacra y que las escuelas ofrezcan buena educación.  Querían ayudar a que su pueblo, hombres y mujeres, conozcan y defiendan sus derechos y se hagan agentes de su propio desarrollo.

v  Quizás nunca tenían la oportunidad de expresar lo que anhelaba su corazón y lo que le pedía la justicia de Dios.  La muerte de estos misioneros, con voz poderosa, ha firmado y autentificado los quehaceres de su vida.  “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna” (Jn 12,25).


3.  Preparando la celebración de beatificación de nuestros mártires


v  Habrá que velar para que  nuestra oración, más asidua y más fecunda, sea la oportunidad para exponernos a la voluntad de nuestro Dios y conocer su justicia en nuestra vida y en el acontecer del mundo.

v  Aceptemos y amemos la condición de nuestra libertad: solo puede alumbrar algo bueno si obedece a la voluntad del que es nuestro bienPensemos y actuemos en comunión con Cristo: “En Él se manifiesta el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano” (DA 107).

v  Nuestros mártires echaron su suerte entre los humildes de este mundo.  La esperanza de un mundo mejor y más humano brota de las filas de los pobres e insatisfechos, de las y de los que entienden los misterios del reino (Cf Mt 11, 25-30).


v  Si ahora alguien viene y me dice que esta meditación nada tiene que ver con la falta de justicia en el país, nada tiene que ver con la extensión de la corrupción, nada tiene que ver con la geolocalización de los criminales, nada tiene que ver con la contaminación de la Bahía El Ferrol y la inminente campaña electoral, entonces ese alguien no me ha entendido o no me he hecho entender.