martes, 13 de diciembre de 2016

“No tengan miedo, pues les anuncio una gran alegría” (Lc. 2,10)



“No tengan miedo” 

a.  Los pastores en la campiña de Belén tenían miedo. No solo por el alboroto y los relámpagos durante aquella noche que desde entonces llamamos “noche buena”.  El miedo era compañero del caminar diario de estos pastores.  Tenían miedo de los poderosos y de sus servidores.  Tenían miedo de ir al pueblo, donde eran mal vistos y despreciados.  Tenían miedo, cuando un hijo o un miembro de su familia se enfermaba seriamente.  Tenían miedo de los abigeos de arriba y de abajo.  Tenían miedo uno del otro.  Tenían miedo que se pierda uno de sus animalitos. Tenían miedo de la ley que no les amparaba.  Tenían miedo de Dios que los tenía castigados. 

b.  Hoy el miedo destroza muchas vidas. 

Los continuos bombardeos sobre los pocos barrios todavía habitados en Alepo de Siria infunden un miedo que impide respirar, conversar, dormir, pensar y prever el mañana.

El miedo salta de los ojos de los refugiados amontonados en esa embarcación frágil que surca las aguas del Mediterráneo.  Los sobrevivientes enfrentarán con miedo miradas que no les dan la bienvenida, controles severos, idiomas desconocidos, demoras insoportables en largas colas, un futuro más que incierto.
                  
Bertolt Brecht, en uno de sus famosos cuentos, hace preguntar un juez a un detenido temblando de miedo: “¿Quiere usted declarar bajo juramento religioso o civil?”  El detenido contesta: “Yo no tengo trabajo”.

También en Chimbote hay gente que a ciertas horas, por miedo, no sale a la calle o no duerme hasta que todos hayan regresado a casa.

Se tiene miedo de decir la verdad, de prestar un libro, de denunciar deberes y derechos, de nadar contra la corriente…

c.   Reconoce que tienes miedo: Hay inseguridades sembradas en tus genes. En muchas vidas se dan experiencias que deprimen.  La imperante competividad y rivalidad son fuentes de miedo.  Hay miedo, cuando la enfermedad seria golpea tu vida o la de un ser querido.  El pecado puede tener sus secuelas de miedo.  Tu muerte o la del ser querido suele provocar miedo. 

Pues, haz el inventario de tus miedos y opta por una fe que venza al miedo.

         
“Les anuncio una gran alegría”

a.  “El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande.  Habitaban en oscuro país de la muerte, pero fueron iluminados… los has colmado de alegría…pues el yugo que soportaban y la vara sobre sus espaldas, el látigo de su capataz, tú los quiebras…Porque un niño nos ha nacido…: consejero admirable, Dios fuerte y siempre Padre, príncipe de la paz” (Cf. Is 9,1-6).

El poeta Antonio Machado pregunta:
“Di, ¿por qué acequia escondida,
agua vienes hasta mí,
manantial de nuestra vida
de donde nunca bebí?”.  

Dios, para acercarse a nosotros, se hace pequeño, frágil y dependiente como un niño recién nacido, expuesto a la intemperie, sometido al sentido y sin sentido de las leyes del lugar, compartiendo nuestras inseguridades y padeciendo nuestros miedos.

“El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo…se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. (Cf. Flp 2,5-11).

b.  Jesús mantendrá con fidelidad el rumbo señalado por su nacimiento en Belén.

Lo implementará durante los largos años de silencio y convivencia con los humildes de este mundo en Nazareth.  El encuentro con él siempre significará un renacimiento: lo experimentan los enfermos, los pecadores, los oprimidos y buscadores de vida verdadera. 

c.  Jesús crucificado comparte el miedo y la soledad más grandes del corazón humano.  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46).  En la cruz su nacimiento iniciado en Belén alcanza plenitud: “El levantado en alto es el Yo soy” (Jn 8,28): el Dios que vive y hace vivir.  “El levantado en alto” atraerá a todos hacia él” (Jn 12,32).

¡Alegrémonos! Jesús naciendo en Belén comunica la Buena Nueva de la Salvación en primer lugar a los pobres de ese mundo: asume lo que nos da miedo; comparte nuestras inseguridades.  Pierde su vida para encontrarla.   Llora, cuando sus amigos tienen que llorar.  “No nos deja huérfanos” (Cf. Jn 14,18). “Nuestra tristeza se convertirá en alegría” (Cf. Jn 16,20).
“Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

viernes, 25 de noviembre de 2016

“Tus ojos me miran siempre y yo vivo de tu mirada”

Encontré el título en una oración de Romano Guardini.  Me sirve para decir lo que quiero decir: debemos mirarnos a nosotros mismos con misericordia; sí, tener compasión de nosotros mismos.
1. Es más que probable que las y los que hemos vivido regular tiempo, hemos pasado por trechos de vida complicados y experiencias desconcertantes.  Cada una y cada uno sabe de las realidades que, con culpa o sin culpa personal, permanecen como sombras que nos impiden amarnos a nosotros mismos. Estas sombras que marcan nuestra historia, que nos dividen, que nos quiebran, que duelen y no nos dejan caminar con viento en popa.

2. El mártir y teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer, en la cárcel, compone ese maravilloso y dramático testimonio del ser humano preguntándose:
    
                                   “¿Quién soy?

     ¿Quién soy? Me dicen a menudo
     que salgo de mi celda
     sereno, risueño y firme,
     como un noble de su palacio.

     ¿Quién soy? Me dicen a menudo
     que hablo con los carceleros
     libre, amistosa y francamente,
     como si mandase yo.

     ¿Quién soy? Me dicen también
     que soporto los días de infortunio
     con indiferencia, sonrisa y orgullo,
     como alguien acostumbrado a vencer.

     ¿Soy realmente lo que otros dicen de mí?
     ¿O bien solo soy lo que yo mismo sé de mí?
     intranquilo, ansioso, enfermo, cual pajarillo enjaulado,
     esforzándome por poder respirar, como si alguien
     me oprimiese la garganta,
     hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,
     sediento de buenas palabras y de proximidad humana,
     temblando de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,
     agitado por la espera de grandes cosas,
     impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,
     cansado y vacío para orar, pensar y crear,
     agotado y dispuesto a decir adiós a todo.
     ¿Quién soy? ¿Este o aquél?
     ¿Soy hoy este, mañana otro?
     ¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita,
     y ante mí mismo un despreciable y quejumbroso débil?

     ¿O bien, lo que aún queda en mí semeja el ejército batido
     que se retira desordenado ante la victoria que tenía segura?
     ¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí. 
     Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy, oh Dios.
    
3. Es impactante el grito de Pablo en Rm 7,14-25: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco…no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”.  Se confrontan dolorosamente en Pablo la bondad de la ley de Dios y el poder del pecado: “Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí”.  Desde esta “tirantez” fundamental en cada ser humano Pablo anhela ser revestido de la justicia que gratuitamente le ofrece Cristo, su Salvador.  “Allí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia” (Rm 5,20).

4. Jesús “viene a buscar y salvar lo perdido” (Lc 19,10).  Viene para que “tengamos vida y vida en abundancia” (Cf Jn 10,10).  Libera a María de Magdala de sus siete demonios que la hostigan y amenazan su libertad (Cf Mc 16,9).  Jesús toma la iniciativa de ir al encuentro del Leví (Cf Mt 9,9-13) y de Zaqueo (Cf Lc 19,1-10) que lo esperaban y buscaban para levantarse y ser ellos mismos.  Jesús se acerca al temido enfermo de Gerasa y lo libera de sus tormentos (Cf Mc 5,1-20).  Jesús mantiene la amistad al discípulo Pedro sacudido por conocidas incoherencias.  Los “milagros” de Jesús en los Evangelios, más que “signos y prodigios” son manifestaciones de la misericordia de nuestro Dios. “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con generosidad por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuéramos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna”.  (Tt 3,4-7).

5. La vivencia de la fe en Cristo nos ofrece poderosas razones para integrar nuestras sombras en la luz de la misericordia que nos ilumina hoy y ahora.  Con humildad amémonos a nosotros mismos a pesar de los moretones, visibles e invisibles, que golpes, maltratos, caídas y errores han dejado en nosotros.  ¡Amémonos humildemente como nuestro Dios nos ama y porque Él nos ama!

     Todo mi pasado, lo que he padecido, lo que he hecho y omitido de hacer, permanece en la actualidad de mi vida. Mi respuesta generosa a la gracia del Señor hoy purifica y redime las sombras en mi pasado.

6. “Gratuitamente han recibido; ¡den también gratuitamente!” (Mt 10,8).   Una vida bañada en la misericordia de nuestro Dios se verificará en lo ordinario de la vida cotidiana, optará por la ecología integral que nos propone el Papa Francisco: “Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo… El amor lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir  un mundo mejor” (Laudato Si´).

7. Un cuento para terminar: Un peregrino, en pleno sol, camina por la plaza pública.  Derrepente se fija en la sombra que echa su persona y no deja de acompañarlo.  Como nunca se asusta. Empieza a correr para escaparse de su sombra. No logra liberarse de su sombra. Corre hasta derrumbarse exhausto y muerto en el suelo.

     ¿Qué hubiera debido hacer nuestro peregrino? Descansar en la sombra de un árbol frondoso. Descansar en las sombra de la Cruz de Cristo que absorbe y diluye tu sombra.
    

     Y ya que me viene a la mente la frase de un personaje en una obra de Paul Claudel, la comparto con ustedes: “Soy la promesa que no puedo cumplir”.

domingo, 9 de octubre de 2016

El Señor de los Milagros es el Señor de la Misericordia

La devoción al Señor de los Milagros, de algún modo, nos concierne a todos los que amamos al Perú, su historia y su pueblo.  Esta gran nube de incienso encima de las andas del Señor, de día y de noche, cruzando muchas épocas, guía un pueblo inmenso por caminos de liberación.  Recordemos a los incontables que, insertos en ese mar de gente de todos los tiempos, suplican: “Señor, ¡ten compasión de mí!”.


1.  Los orígenes de la devoción al Señor de los Milagros
Caminando hoy con el Señor recordemos la comunidad de esclavos africanos que en el barrio de Pachacamilla de Lima de fines del siglo XVII vincula su fe y su vida con Cristo crucificado.  Uno de ellos pinta la imagen que en muros y lienzos se difunde por el mundo. 

Recordando caigamos en la cuenta que la trata de personas permanece en el país y en muchos lugares del orbe como violación de los derechos fundamentales.  También el racismo sigue afectando la convivencia entre peruanos hoy y descaradamente se asoma en políticas de naciones famosas.  En el Perú la esclavitud fue abolida por ley en 1854, pero la condición de esclavas y esclavos persiste en muchas situaciones.  El Papa Francisco en su visita a Lesbos ha calificado la realidad de la gente en el mundo sin hogar y expulsada de su hogar como “la catástrofe humanitaria más grande desde la segunda guerra mundial”.

El barrio de Pachacamilla no queda lejos de nosotros.


2.  La mayoría en la procesión del Señor de los Milagros
San Pablo en 1 Cor 1,26-31 nos da el mejor retrato de los pobres de Lima y de otras ciudades en el país y en el mundo que caminan con el Señor de los Milagros: “¡Miren, hermanos, quienes han sido llamados!  No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza.  Ha escogido Dios más bien los necios del mundo para confundir a los sabios.  Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes.  Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es.  Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios.  De Él les viene que ustedes estén en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de Dios, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor”

Jesús al ver la muchedumbre que lo seguía y lo buscaba, “sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6,34).  A quien esté leyendo o meditando estas líneas, le invito a acudir a la evocación del lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios por el Papa Francisco en la Evangelli Gaudium 197 al 201.


3.  Las oraciones de los caminantes con el Señor de los Milagros
“Señor, ¿dónde vives?” (Jn 1,38).
“No soy digno de que tú entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (Mt 8,8).
“Señor, si tú quieres, tú puedes limpiarme” (Mt 8,2).
“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3).
“Maestro bueno” ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” (Mt19,16)
“Con solo tocar el anda, me salvaré” (Cf.Mt 9,21).
“Maestro, que vea” (Mc 10,51).
“Señor, yo creo, pero ayuda a mi poca fe” (Mc 9,24).
“Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tú palabra, echaré otra vez las redes” (Lc 5,5).
“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5,8).
“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).
“Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador” (Lc 18,13).
“¿Cómo puede renacer un hombre ya viejo?” (Jn 3,4).
“¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10,29).
“Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).
“Señor, tú sabes que te quiero” (Jn 21,15).


4.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia” (Hb 4,16)

Cristo crucificado es la señal central en la devoción al Señor de los Milagros.  Caminar la noche en medio de esa muchedumbre inmensa y clavar con los muchos pobres tus ojos en la cruz del Señor, levantada en alto, envuelta en esa nube luminosa de incienso y continuamente homenajeada por conos de flores vivas, contribuye a una experiencia pascual, de fe en Cristo muerto y resucitado.

“No tenemos a un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.  Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para socorridos en el tiempo oportuno”. (Hb 4,15-16).

Él “levantado en alto” es el “Yo soy” (Cf.Jn 8,28), nuestro Dios que es la vida y hace vivir;  el Señor, que desde la cruz nos ofrece el don de la salvación.


“Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios.  María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno.  Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su hijo Jesús”. (MV 24).

domingo, 29 de mayo de 2016

PAN DE VIDA

1. Mirando el pan de cada día en la mesa, veo y huelo la tierra primaveral en la chacra a la salida de mi pueblo.  Con paciencia y confianza en la bondad de la madre tierra se ha preparado este rincón del planeta para acoger la semilla.  Algo nuevo puede brotar.

Al llevar el pan a la mesa para la Eucaristía, recordemos la humildad y la generosidad de la tierra.  En la cena del Señor permanece la comunión con las energías cósmicas que nos preceden y constituyen un don que posibilita nuestro ser.


2.    También veo en esta chacra a mi padre, el sembrador.  El delantal con el grano cuelga de sus hombros; con paso medido y gesto preciso esparce la semilla.

Amemos la presencia de los campesinos en el pan para la Eucaristía.  En muchos países del mundo pertenecen a la población pobre y marginada.  Su sudor y esfuerzo permanecen en el pan. ¡Comulguemos con los campesinos de nuestro país!


3.    He participado en muchas fiestas donde se compartía el pan.  En el compartir, en la compañía el pan cumple su vocación y alcanza plena dignidad.  La comida del pan en compañía engendra alegría comunitaria y compromiso solidario.

            El pan en la Eucaristía no puede renunciar a su cometido de construir comunidad y de dar testimonio de alegría. “La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán conocidos si se aman los unos a los otros como Él los amó” (DA 159).


4.    El pan en el hogar llama por el que está sin hogar.  No hay que invitar siempre a los que siempre son invitados.  Procuremos invitar al que nunca es invitado.  Hagamos gozar de nuestra hospitalidad al que está solo y aislado.  Darle de verdad un trozo de pan, implica darle de nuestra propia vida.

No hay comunidad eucarística sin recordar a los sin hogar, sin incluir a refugiados  y siniestrados, sin tener presentes a los que deambulan por plazas y calles de la ciudad, por caminos que bordean propiedades ajenas (cf Lc 14,15-24).

5.    ¡Cuidado! Ese pan crujiente y apetitoso en tu mesa encierra también una historia conflictiva y realidad dolorosa.  Más de la mitad de la humanidad sufre hambre.  El pan de cada día falta en la mesa de muchos hogares.  Demasiado salarios no alcanzan para que todos los miembros de la familia se sacien de pan en el desayuno.  El pan está amasado con muchas injusticias.

Al pan destinado para el sacrificio eucarístico se refiere también Eclesiático 34,18-22: “Dar a Dios una cosa mal adquirida es una ofrenda sucia; los dones de los malvados no pueden agradar a Dios.  Al Altísimo no le agradan las ofrendas de los impíos; sus pecados no serán perdonados a fuerza de sacrificios.  Ofrecer un sacrificio con lo que pertenece a los indigentes es condenar a muerte a un hijo en honor de su padre. El pan que mendigan es la vida de los pobres; el que se lo quita es un asesino.  Mata a su prójimo el que le quita los medios para sobrevivir; retener el salario de un trabajador es lo mismo que derramar su sangre”.

6.    “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo de tu pueblo, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida”.

Así rezamos en la misa durante la preparación de las ofrendas: es como pedir al Señor de intervenir y de dar plenitud a las bondades del pan, de redimirlo de su carga de pecado y de alimentarnos con el pan que es Vida y hace vivir, el pan anunciado como “YO SOY EL PAN DE VIDA”.

7.    Fijémonos ahora en las evocaciones de la Eucaristía en el relato del signo del pan en Juan 6,1-16.

Estaba cerca la fiesta de Pascua.  Mucha gente buscando alivio, aliento, curación y de comer seguía a Jesús.  Con una mirada que pasa por los ojos y el corazón de su Padre, Jesús, misericordioso como el Padre, contempla a la gente.  Los discípulos quieren liberarse de ese pueblo molestoso.  Un niño había traído cinco panes y dos peces.  ¿Qué es eso para tantos? Jesús es el Buen Pastor, por eso aparece mucha hierba en ese lugar.  Eran cinco mil, cien veces cincuenta: densa presencia del Espíritu que trae Jesús. 

Jesús toma los panes en sus manos de pobre que aprecian la bondad del pan y lo quieren desvincular de un injusto acaparamiento. 

Jesús da gracias al Padre por el pan.  Así Jesús devuelve el pan a las intenciones originales del creador: administrado según la voluntad del Padre el pan alcanza para todos y sobra.

Jesús parte y reparte el pan.  El Buen Pastor da la vida por sus ovejas y permanecerá siempre en medio de los suyos como un servidor.


Jesús se escapa de las manos de quienes no entienden esta señal.  Huye solo al monte, al monte de la cruz donde dirá: “Tomen y coman: esto es mi cuerpo entregado por ustedes. Tomen y beban: esta es mi sangre derramada por ustedes”

miércoles, 11 de mayo de 2016

¡Derrama, Señor, por tu Espíritu el amor de Dios en nuestros corazones!

Esta oración se inspira en Rm 5,5.- Con frecuencia, en este tiempo pascual que gravita hacia Pentecostés, la voy musitando. Lo hago cuando me siento bien y cuando me siento mal.  Brota de una experiencia de destierro, fragilidad y esperanza que comparto con mucha gente cerca y lejos de mí.  Anhela un corazón nuevo, reconciliado con Dios, con los demás y conmigo mismo.  Esta oración suplica al Espíritu que nos haga recordar la  manera de amar de nuestro Dios, de percibir las huellas de ese amor en nuestro mundo y de vivenciarlo en Iglesia.



1.  El Espíritu nos inserta en el amor de Dios.

Guarda toda su autoridad la afirmación del gran místico del siglo XI, Guillermo de Saint Thierry: “El Espíritu Santo es el amor que hay entre el Padre y el Hijo; es su unidad y dulzura, su bien y su beso, su abrazo”.  La racionalidad seca en la teología de la Santísima Trinidad merece ser sacudida por esta intuición que brota de la oración.

Entonces, pedir al Espíritu que derrame el amor de Dios en nuestros corazones expresa el deseo de participar de ese mismo movimiento de entrega y acogida mutuas que constituyen la comunidad trinitaria.  El Espíritu nos confirma que todo lo que tenemos es don recibido para entregar.  Acogiendo el don de Dios, nos convertimos en don para los demás.

El Papa Francisco recoge la significación existencial del amor de Dios derramado en nuestros corazones en la Laudato Sí: “La persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas.  Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitaria que Dios ha impreso en ella desde su creación.  Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad”. (240)


2.  Hay huellas de Dios en nuestro mundo.

Escribo estas líneas, cuando se precisan los informes sobre el devastador terremoto en el norte de Ecuador, cuando un “sismo político” sacude Brasil, cuando todavía no nos reponemos en el Perú de lo desconcertante de las elecciones del 10 de abril, cuando revistas y diarios de nuestro medio siguen ventilando escándalos en nuestra Iglesia, cuando la criminalidad no para en el Callao y en Chimbote a pesar del estado de emergencia, cuando…

Reacciones de solidaridad con los siniestrados del Ecuador mantienen vivo el sueño de la aldea global.  Grupos de jóvenes en el campus de la UNS discuten sobre la segunda vuelta de las elecciones; me hacen recordar la vieja canción: “algo nuevo está naciendo”.  Escándalos y crímenes no pueden silenciar la voz de los mucho más numerosos que diariamente cumplen con su deber. ¿Por qué no me fijo en la alegría desbordante de los niños que a esta hora acaparan la calle? ¿Por qué no doy más importancia a varios enfermos allegados que irradian esperanza? ¿Por qué no me alimento más de la Buena Nueva que Yola sigue anunciando a pesar de la pérdida de lo más precioso que tenía?

Mejor, dejo decir al Papa Francisco lo que quiero decir: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: Como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13.33), y como la buena semilla que crece en la medio de la cizaña (cf. Mt 13.24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente.  Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo.  La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.  ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!” (E.G 278).


3.  Como los discípulos de Emaús (cf.Lc 24,13-35)

Como ellos vamos por el camino dando vueltas a nuestras dudas y tristezas.  Cuando en comunidad cristiana meditamos la Escritura Santa, el Resucitado mismo nos habla, hace arder el corazón y querer que se quede con nosotros.  En la Eucaristía, en la fracción del Pan, celebramos el feliz reconocimiento del Resucitado, “su modo de ser pasa en nuestras vidas” (San Juan Pablo II), para ser su Iglesia, núcleo humano de esperanza en el mundo.


       “¡Derrama, Señor, tu Espíritu en nuestros corazones,
       para que en comunidad cristiana
       nos ayudemos mutuamente
       a conocer, amar y seguir a Jesús!”.


     Eduardo Galeano es el autor de esta referencia al vuelo del Albatros que bien podría ser la parábola de la vida conducida por el Espíritu:

     “Vive en el viento, vuela siempre, volando duerme.  El viento no lo cansa ni lo gasta.  A los 80 años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.

     El viento le anuncia de donde vendrá la tempestad y le dice dónde está la Costa.  Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco.  Sus patas cortas caminan mal y flotando se aburre.


     Cuando el viento lo abandona, espera.  A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama y se lo lleva.  Y él se deja llevar, se deja volar con sus alas enormes planeando en el aire”.

viernes, 29 de abril de 2016

Encontrarse con Cristo Resucitado

El Papa Francisco no deja de señalar la Cruz de Cristo como fuente de la misericordia, “del amor de Dios derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5).  Busquemos en este “tiempo pascual” el encuentro con Jesús Resucitado, “rostro de la misericordia del Padre”. 


1.  ¡No reprimas tu llanto y tu tristeza!

Frente al sepulcro María de Magdala está llorando (cf. Jn 20,11-18).  El que ha dado salud y sentido a su vida parece definitivamente ausente.  María, sin embargo, no se deja paralizar; ella mira y observa, se acerca y retrocede, busca y pregunta.  En este trance escucha dicho su nombre como solo Jesús lo puede decir.  La alegría del reencuentro es inmensa y Jesús le confía la misión de anunciar que Él vive y hace vivir.

Este mismo día, “el primero de la semana”, dos discípulos dejan Jerusalén y caminan a Emaús (cf. Lc 24,13-35).  Están hundidos y enfrascados en la tristeza, porque Jesús, su esperanza, parece haber fracasado en la cruz.  Jesús mismo se hace compañero de ruta, introduce en el entendimiento de las Escrituras, se hace reconocer con gozo en la Eucaristía y transforma la dimisión en misión. 


Nuestras tristezas y desilusiones también pueden ser oportunidades para un encuentro con el Resucitado que “llama a cada uno de sus ovejas por su nombre” (Jn 10,3), hace “arder el corazón” al revelar la misericordia del Padre y nos confía una misión que siempre será eclesial pero se debe teñir también con la experiencia de un encuentro único y personal con el Resucitado.



2.  Recuperar aliento.

Al atardecer de ese primer día de la semana, los discípulos están reunidos y las puertas de la casa trancadas.  Tienen miedo de los judíos, miedo de correr la misma suerte que el maestro Jesús (cf.Jn 20,19-23).

No hagámonos los valientes.  Nosotros también tenemos miedo de seguir coherentemente.  Tenemos miedo de decir y hacer la verdad. Tenemos miedo de nadar contra la corriente.  Tenemos miedo de iniciar y de defender un estilo de vida más humano y más solidario.  Tenemos miedo de denunciar la violencia y hacer valer la misericordia. 


Jesús aparece en medio de los miedosos con un mensaje de paz.  Su paso por la pasión y la muerte no ha podido alterar su compasión por la humanidad.  Les señala sus heridas para convencerles que siempre nos amará con el amor del que entrega su vida por sus amigos.

La Biblia menciona el aliento de Dios al inicio de la vida.  Ahora Jesús sopla sobre estos miedosos para que se levanten y asuman su misma misión.  Para que en el aliento del Resucitado renazcan y enfrenten con el perdón y la misericordia lo que socava el reino de Dios.


3.  Sanar heridas.

Ocho días después, también era domingo, Tomás coloca sus dedos en las llagas del Señor y nos lega la hermosa confesión de fe: “Señor mío y Dios mío” (cf. Jn 20,24-29). 

En los relatos bíblicos de los encuentros con el Resucitado las llagas en el costado, las manos y los pies de Jesús anuncian que el amor que nos salva es martirial, brota de un corazón vulnerable.  El amor de Dios hacia nosotros precisamente es compasivo, lo hace sufrir con nosotros.  Las heridas en el cuerpo del Resucitado nos recuerdan “que no hay amor más grande que este: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), pero nos envían también a colocar nuestros dedos en las heridas visibles e invisibles de los que sufren y con quienes se identifica Jesús.  Las llagas de Jesús nos anuncian que por misericordia hemos sido salvados para que, como el “buen samaritano” veamos al herido, sintamos compasión y nos hagamos su prójimo.


4.  ¡Vayan al mundo entero!

El Resucitado cita a sus discípulos en Galilea (cf. Mt 28,16-20), su tierra donde abundan pobres y marginados.  El lugar del encuentro es el monte de la permanente tentación de cerrarnos a la misericordia del Padre y de negar misericordia al prójimo.  Es el monte donde Jesús proclama: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”.  Es el monte donde el amor del Padre llena de luz y resplandor el rostro del Hijo, el amado y predilecto.  Es el monte de la entrega del Espíritu de Jesús que derrama la misericordia de Dios en nuestros corazones y nos envía como Iglesia y discípulos de Jesús a reconocer que Dios nos amó primero, a involucrarnos en la solución de los problemas que diariamente aquejan a muchos, a acompañar al que está solo y deprimido, a ser como grano de trigo que muriendo origina vida nueva, a festejar en comunidad la experiencia de la misericordia de nuestro Dios (cf. E.G.24).

¡Anhelemos el encuentro con Cristo Resucitado, fuente y rostro de la  misericordia del Padre, presente en quienes esperan misericordia!